Mes: marzo 2013

UN SILEÑO LLAMADO RAMÓN

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DE UN SILEÑO 

   LLAMADO 


    RAMÓN



Coincidiendo con el otoño de 1908, el matrimonio formado por Leoncio y Benedicta “la del tuerto” (pues tal era el apodo con el que se conocía a Leoncio, al haber quedado ciego del ojo derecho al poco de nacer debido a una desafortunada intervención casera) tuvieron a su primer hijo un lunes 21 del mes de septiembre.


Fue en el pueblecito  jienense de Siles, zona eminentemente olivarera y perteneciente a la comarca de la Sierra de Segura donde nació el bebé.
 


Se le bautizó con el nombre de Ramón Mateo. No obstante siempre se le conoció como Ramón. Lo de de Mateo fue en honor del santo del día, algo muy común en la época.  Ramón fue el primogénito de siete hermanos.

 
Junto a sus padres y sus seis hermanos, Ramón creció en el seno de una familia muy humilde y trabajadora.
 
Corrían tiempos difíciles en toda Europa.  Charlot  triunfaba en el cine mudo, los carros eran tirados por bueyes, las mujeres vestían de negro, los curas eran considerados como enviados de Dios y  un gran segmento rural   de  este país  era conocido como la “España negra y profunda”.
 
Mientras  las mujeres se dedicaban a las labores propias del hogar los hombres, mayoritariamente jornaleros, se deslomaban con los duros trabajos del campo.

Salían de sus casas con la primera luz de la mañana y no regresaban hasta la puesta del sol.  Se llevaban la comida, que consistía casi siempre en un trozo de pan y un pedazo de tocino crudo o similar.

Los alimentos calientes se tomaban por la noche en casa.
 
En las zonas rurales a casi todo el mundo se  le asignaba un mote, un segundo nombre.

Así pues era habitual entre  los sileños,  hablar con “el Pinocho”, “el Abuelo”, “ el Cara-mierda”, “la Pedorra” y así tantos y tantos sobrenombres graciosos. 

Ramón no podía ser menos. A él probablemente por su físico de joven algo rellenito, le apodaron “el Bolo”.
 
Ramón creció y se hizo hombre conviviendo con esos  primitivos valores propios de su época y del lugar que le vio nacer. Esos ambientes naturales y rurales del campo le marcaron de por vida y  los llevó siempre en su corazón.
 
Como es de suponer, dadas las circunstancias, Ramón dispuso de muy poco tiempo para asistir a la escuela.  Aun así aprendió a leer, a  escribir y las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir.
 


Ya mozo y en edad militar, viajó hasta Madrid para cumplir con el deber patrio y obligatorio de aquellos tiempos, el servicio militar. 

Se incorporó al Regimiento de Caballería de los Húsares de la Princesa.

 

Ello fue determinante a la hora de poder disfrutar de una vida militar más cómoda. 
 
Finalizada esa etapa Ramón regresó a Siles, el pueblo que le vio nacer y crecer y  donde residía toda su familia.
 
Se encontró con una gran sorpresa. Desde su ausencia las cosas  habían ido a peor. La gente joven no encontraba futuro en el campo y  estaba empezando a emigrar a otros lugares en busca de mejores oportunidades.
 
Dos de sus hermanas le comentaron a Ramón que unas familias catalanas, residentes en Barcelona, les habían ofrecido trabajo a ambas como asistentas de hogar y que habían aceptado.
 
Ramón pensó seriamente en la decisión que habían tomado sus hermanas y  después de mucho meditar decidió también viajar  a  la ciudad condal para tratar de encontrar algún trabajo con garantías de futuro.
 
Los tiempos no eran fáciles, sobre todo para un joven pueblerino recién llegado, sin oficio, sin estudios y con escasos recursos económicos. No obstante, su honradez y sus ganas de trabajar le fueron abriendo caminos.
 
Un día sus hermanas le invitaron a que las visitara  un fin de semana  en Sant Feliú de Codines pues era en dicha localidad donde con “los señores”, pasaban los veranos.
 
Situado  a tan solo 35 kms. de Barcelona, Sant Feliú de Codines era un lugar donde acudían a veranear algunas familias acomodadas de la burguesía de Barcelona.
 

Un domingo por la mañana, Ramón decidió viajar hasta Sant Feliú de Codines. Aquella visita cambiaría su vida.

Cuando descendió del autobus que cubría el trayecto de Barcelona a Sant Feliú de Codines, sus hermanas emocionadas le abrazaron cariñosamente.

Junto a ellas se hallaba una atractiva joven. Sin mediar comentario previo, una de las hermanas exclamó: “¡Bueno, os vamos a presentar!..”
 

“Florinda, este es nuestro hermano Ramón, del que ya te hemos hablado en alguna ocasión.”

 
“Ramón, ésta es nuestra amiga y compañera de trabajo, Florinda.”


De ese encuentro nació una relación entre Ramón y Florinda que duraría más de 60 años.


 


El 17 de junio de 1937 contrajeron matrimonio en Barcelona.

 


Poco tiempo después las cosas se  complicaron en España. La amenaza  de una guerra civil era inminente.
 
Florinda estaba embarazada y, en vista del rumbo que iban tomando los acontecimientos, Ramón y su familia decidieron trasladarse a Siles donde residían sus padres y el resto de sus hermanos. 
 
Mientras tanto las cosas no mejoraban. España continuaba amenazada por el fantasma de la guerra. Por un parte estaba el bando republicano y, por la otra, el nacional. 
 
La situación se tornó insoportable y desgraciadamente ocurrió lo que nunca debió haber sucedido: el 17 de julio de 1936 se inició una guerra fraticida, la peor de las guerras, en la que dependiendo del bando donde uno se encontrara ubicado, luchaban padres contra hijos, hermanos contra primos…

 



Ramón, junto a muchos otros, fue hecho prisionero y trasladado al campo de concentración de Torremolinos (Málaga). Un infernal espacio sin barracones ni letrinas, situado al aire libre y rodeado de alambradas a través de las cuales los pueblerinos, compadecidos, les arrojaban comida.

Entre 1938 y 1939 más de 4000 condenados a trabajos forzados construyeron el aeropuerto de Málaga.
 
Durante ese tiempo, el 3 de abril de 1938, su esposa Florinda, dio a luz en Siles a su primer hijo, al que tiempo más tarde bautizarían con el  mismo nombre de su padre, Ramón.
 
Un año después, el 1 de abril de 1939 finalizó la guerra. Venció el ejército del general Franco quien instauró en España un régimen dictatorial de carácter fascista que duró 40 años.
 
Gracias a los buenos oficios de un primo de Ramón que, a la sazón, ocupaba un cargo de relevancia en Madrid, éste fue puesto en libertad. 

Regresó rápidamente a Siles donde conoció al pequeño Ramón, el hijo que no pudo ver nacer.
 
Cuando la situación se calmó Ramón junto a su esposa Florinda y su hijo, regresaron a Barcelona.

 

Allí les esperaba María Braulia (Maruja),  hermana de Florinda, con su marido, militar, José (Pepe) y la hija de ambos, Milagros.Ellos ayudaron al matrimonio a ubicarse de la mejor manera posible, dentro de la difícil situación en que se hallaba el país en plena posguerra.
 
Al poco tiempo, Leoncio y Benedicta, padres de Ramón, vendieron las escasas pertenencias que tenían en el pueblo de Siles y  se trasladaron a vivir con todos sus hijos a Caldes de Montbui, pueblecito cercano a Sant Feliú de Codines y muy conocido por la bondad curativa de sus aguas termales.
 
A pesar de sus limitaciones profesionales, Ramón trabajaba en Barcelona aceptando cualquier tarea que le ofrecían. Sus superiores le reconocían, y  agradecían la voluntad y el entusiasmo que ponía siempre en el trabajo.
 
En una ocasión, prestando sus servicios como peón de albañil, se rompió el andamio y  cayó desde una considerable altura, fracturándose una pierna y un brazo. Al parecer el andamio no reunía las condiciones que exigía la ley para trabajar con un mínimo de seguridad.
 
Los abogados le aconsejaron, entonces, formular una denuncia contra el propietario, pero Ramón se negó rotundamente alegando que había sido un accidente y que no quería perjudicar a la empresa que le había ofrecido un trabajo en aquellos tiempos difíciles.

 

 




El 26 de enero de 1941, en el Hospital Clínico de Barcelona, nació su segundo hijo al que pusieron de nombre José María  en honor de la hermana y el cuñado de su esposa Florinda.


 









La llegada del segundo vástago obligó al matrimonio Ramón y Florinda a redoblar sus esfuerzos.

 


Ramón no conoció fines de semana, vacaciones ni fiestas. De lunes a sábado trabajaba en un lugar y el domingo en otro.

 
Florinda se pasaba las mañanas atendiendo las labores del hogar. Por las tardes, canturreando constantemente  los tangos del gran Carlos Gardel, se dedicaba a coser con su Wertheim  todos los trabajos de costura que le ofrecían.



 

Al tiempo sus hijos Ramón y José María hacían sus deberes escolares escuchando las letras de esas melodías porteñas del maestro del tango argentino.
El matrimonio se preocupó siempre porque sus hijos Ramón y José María tuvieran la formación que a ellos no les pudieron ofrecer sus padres.
 
Ramón siempre decía que en la vida era mejor mandar que ser mandado. Ponía como ejemplo sus callosas manos para decirles a sus hijos: esas manos no las quiero para vosotros.







Con el paso del tiempo, sus hijos Ramón y José María dejaron el hogar paterno para formar sus propias familias.







 



Los años, ley de vida, jubilaron a Ramón, quien pasó una tercera edad feliz y sosegada junto a su esposa Florinda.





 


Gozó de la tranquilidad. Del descanso del guerrero. De las visitas breves (si eran demasiado largas se agotaba). Gustaba de cenar e ir a dormir temprano. 
Solía conversar con sus vecinos tomando el sol, sentado en un banco de la plaza de su barrio.





Disfrutaba de los comentarios que les hacían sus hijos sobre    sus respectivos trabajos o  viajes profesionales. 

 











De las “batallitas” que les explicaba a su cinco nietos…

Cumplidos los 87 años empezó a tener molestias que le obligaron a visitar al médico. El pronóstico no presagiaba  buenos augurios. Para tranquilizarle le dijeron que se trataba de una pequeña úlcera, pero a la familia le confirmaron que se trataba de un cáncer  de colon.

Ramón se despidió de este mundo en la madrugada el día 29 de abril de 1996 a las 2,40 horas.

 

Ese hombre luchador, ese hombre amante de la familia y de sus hijos, ese hombre trabajador incansable, ese hombre al que nunca le gustaron los conflictos, ese hombre ejemplo de sacrificio, ese hombre generoso, ese hombre humilde, ese gran hombre…  

    
                            Ramón, fue mi padre…
                          



             
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