UNA PRIMAVERAL MAÑANA DE OTOÑO …

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UNA PRIMAVERAL MAÑANA DE OTOÑO …

Como de costumbre, a las 8 horas suena el despertador. Me levanto de la cama, me aseo, me desayuno con un par de piezas de fruta y un vaso de leche, y me dispongo a efectuar mi habitual paseo por las calles y parques de mi querida Barcelona.

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Antes, me asomo por la ventana del dormitorio que da a la terraza exterior para comprobar la temperatura en el termómetro instalado en la pared.

Son casi las 9,30 y el mercurio del termómetro señala 19 grados.

¡Increíble para la época del año!

Una mañana excepcional. Parece como si el otoño de los primeros días de diciembre nos  hubiera querido regalar un primaveral día de mayo.

Caprichos de la meteorología.

Sin embargo, pienso, eso no sucedía antes. La climatología se ajustaba a la llegada  de las estaciones  con la precisión de un reloj suizo. Las primeras flores de la primavera impregnaban la ciudad de un aroma especial, que auguraba la llegada del  solsticio de verano, siempre caluroso.

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El nostálgico octubre cubría con su alfombra de hojas muertas las calles de la ciudad, anunciándonos puntualmente que dos meses después recibiríamos la visita del siempre gélido solsticio de invierno y, con él, la fiesta más tradicional y entrañable del año, Navidad.

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Bajo un frío de solemnidad propio de  la época la gente, según sus posibilidades, celebraba en familia los días que van desde el nacimiento del Niño hasta la Epifanía de los Reyes Magos,  preparando con gran esmero y cuidado el tradicional Belén y cantando los populares villancicos.

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Afortunadamente, por aquel entonces el mercantilismo americano, con los personajes de Santa Claus y Papa Noel al frente, todavía no había alterado los hábitos de consumo en nuestros hogares.

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Los niños vivían sumidos en una burbuja de ilusiones. Preparaban la carta para sus Majestades los Reyes Magos de Oriente y se iban a dormir muy temprano la noche del día 5 de enero.

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Al despertar, corrían raudos a comprobar si sus Majestades habían obrado el milagro de  complacer sus peticiones.

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Ni Charles Dickens podía mejorar, en sus cuentos,  la ilusión y la magia de aquellos crudos pero entrañables día de invierno.

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Pero claro, eran otros tiempos. Mi cuerpo serrano no había cumplido los setenta y pico de años de los que, hoy día, puedo enorgullecerme ante la gente de mi generación. Es una gran suerte y doy gracias a Dios por haberme permitido llegar a esa edad.

Sin embargo muchos ya  se creen viejos, palabra que odio pues sólo se pueden considerar viejos a los muebles inservibles, o a todo aquello que va a parar al trastero porque ya no sirve para nada.

Los seres humanos, en mi opinión, pasamos de la infancia a la juventud y de ésta a la madurez hasta hacernos mayores, pero jamás viejos.

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Es más, yo añadiría que ser mayor, ó “viejo”, es un atributo del que no todos pueden alardear. Muchos, desgraciadamente se quedan en el camino.

Ser mayor significa un plus en la vida: familia, amor, trabajo, esfuerzo, entrega, sacrificio, sabiduría, comprensión, experiencia, y muchísimas más cosas.

A veces creo que cuando realmente valoramos a nuestros mayores es precisamente cuando nosotros pasamos a formar parte de ese privilegiado grupo, aunque desgraciadamente, por ley de vida, la mayoría de ellos ya no lo puedan compartir a nuestro lado.

Me parece justo y merecido que, por lo menos, les mantengamos presentes en nuestro recuerdo y no se queden en el frustrante olvido pues, para bien o para mal, desde que brotaron las raíces de sus antepasados, seremos siempre ramas de ese árbol.

Hasta hace muy poco tiempo tampoco me gustaba la palabreja “abuelo”,  pues de la misma manera que yo a un nieto mío jamás le llamaría así, al dirigirme a él, sino que lo haría por su nombre,  entonces lo normal  y en justa reciprocidad  es que él hiciera lo propio conmigo,  “ Hola, David ¿cómo van tus estudios?.. Estupendamente, Joan Manel,  aprobé todo”.

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Con todos mis respetos, para las gentes de las diferentes regiones que utilizan  para sus mayores el tratamiento de abuelo, yayo ó avi, yo siempre insistí en que prefería que David me llamara por mi nombre, Joan Manel, en lugar de abuelo.

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Sin embargo, es extraordinario cuán volubles somos los humanos, todavía ignoro el cuándo y el por qué en un momento reciente de mi vida empecé a convencerme a mí mismo de que la palabreja “abuelo” para un niño era algo más que  ese terrible tratamiento que a mí nunca me gustó.

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¿Por qué habré tardado tanto tiempo en comprender que para un nieto la palabreja “abuelo” significa: amor, sabiduría, clarividencia, madurez, experiencia, reflexión, entretenimiento?…

Sin duda son circunstancias que en algún momento se dan en nuestras vidas, lo que hoy nos parece blanco mañana es posible que nos parezca gris. Pero por ello, con el debido respeto para los demás, no tenemos por qué dejar de defender nuestras creencias.

Después de esta particular reflexión, hecha para mis adentros, no sería justo resistirse ni retrasar mi paseo matinal.

Imperdonable no dejarse acariciar por el tibio sol que nos obsequia esta primaveral mañana del otoño barcelonés.

He viajado por medio mundo y he tenido la suerte de conocer lugares bellísimos, pero ninguno como mi ciudad, a la que amo, admiro y no cambiaría por ninguna otra.

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Entre tanto mi querida, admirada y dormilona esposa continúa en su letargo hasta las 10 horas de la mañana, más que menos.

Ella dice que dormir es fuente de vida. Yo no opino lo mismo, pero, me remito al dicho popular, “cada loco con su tema”, y todos  felices.

Antes de salir a la calle doy una última mirada al espejo del recibidor. Siempre me gustó ir presentable. Mi pronunciada calvicie me recuerda que no hace mucho tiempo todavía peinaba con cuidado y suma delicadeza el resquicio de mis últimos cabellos canosos.

Me acomodo en la cabeza una moderna gorrita al estilo de los jugadores de béisbol americano y me lanzo al sano vicio de mi periplo matinal.

Al descender del ascensor, Manolo, el conserje del inmueble, me saluda como de costumbre, al tiempo que me abre la puerta que desde el vestíbulo conduce a la calle.

¿Qué tal, señor Joan Manel? ¡Hermoso día para cumplir con la rutina de su paseo!

Pues sí, Manolo, le respondo, hay que aprovechar esta primaveral mañana de otoño.

Apenas camino cincuenta metros y una voz quemada por el alcohol y el tabaco me sorprende a mi espalda. Buenos días, Joan Manel, ¡vaya partidazo jugó ayer el Barça!,  ¿lo vio usted por la televisión?  Sí, Enric, y disfruté como hacía mucho tiempo que no lo hacía. ¡Menudo baño le dimos a esos fanfarrones ingleses!

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Enric es un vecino del barrio que posee una ferretería junto al kiosco de la esquina y al que hace poco tiempo se le murió la esposa después de una larga y penosa enfermedad. Aunque al parecer está logrando superar el doloroso trance, ha decidido traspasar el negocio y jubilarse. Se lo merece, ha trabajado mucho toda su vida.

Me despido de Enric con un ¡hasta luego, me alegro de verle! al tiempo que vuelve a mi mente el encanto de esta primaveral mañana de otoño.

Saco del bolsillo superior de mi chaqueta mis gafas de sol. Hoy las voy a necesitar.

Siempre que las utilizo me hago la misma reflexión: “tengo que pasar por la óptica para que me ajusten la varilla derecha, que anda un poco suelta”

Mientras, voy enfilando la recta de mi calle en dirección a la plazoleta ajardinada donde, dependiendo de las estaciones climatológicas del año, suelen reunirse a tomar el sol o la sombra, todo tipo de gentes.

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Rodeada de árboles y plantas, acuden a ella personas mayores y mamás que llevan a sus niños a jugar al parque infantil existente en el centro de la plazoleta.

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Algunos ancianos acuden, en sus sillas de ruedas, acompañados de sus asistentas, casi siempre sudamericanas, para reunirse con amigos y/o conocidos que, hallándose en situación similar, comentan chismes e historietas que les ayudan a compartir su tiempo de ocio.

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Entrando en la plazoleta diviso al altísimo e impresionante ciprés que me hace recordar siempre  la bellísima Toscana italiana.

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Junto a él se alza un frondoso castaño que, desde el interior de sus ramas, ¡cuántas veces me ha ofrecido sus tenues rayos de sol y las caricias de su sombra!

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Mi mirada busca la parte inferior del castaño y ¡qué suerte! mi banco está  vacío. Es el banco en que suelo sentarme casi siempre para reposar y poner en orden mis pensamientos.

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Como en otras ocasiones hoy también será mi lugar de descanso.

En la plazoleta conviven gorriones, palomas y cotorritas pampeanas. Estas últimas son una verdadera plaga. Llegaron hace algunos años desde la pampa argentina y hoy son legión.

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Me encantan las cotorritas pampeanas…

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 Son unos pájaros simpáticos, inteligentes  y rápidos. Es muy raro ver a las cotorritas volar en solitario. Suelen hacerlo como mínimo en parejas. Su único defecto es que son terriblemente escandalosas.

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Una señora, apoyándose en su bastón, llega lentamente hasta uno de los bancos que se encuentran frente al mío y, después de saludar muy educadamente a otras dos señoras que lo ocupan, se sienta junto a ellas.

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Después del  saludo de rigor empiezan a contarse sus novedosas y aburridísimas noticias: “ que si el médico me ha cambiado la pastilla de la noche, que si mi nieto no quiere estudiar, que si ayer me enfadé con mi yerno…” y así una y otra vez.

Todo el mundo tiene el derecho de hablar y tratar los temas que consideren oportunos, pero volviendo a las tres señoras del banco  de enfrente al que yo ocupo, pienso que les falta originalidad.

¡Con todo lo que ocurre diariamente en el mundo! … 

¡Buenos días  señor Joan Manel! ¿Qué tal, aprovechando esta primaveral mañana de otoño?

Pues sí, le respondo a Pepe, hoy vale la pena disfrutar de este lujoso día que nos brinda la madre naturaleza.

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Y usted ¿qué me cuenta Pepe?

Pocas cosas, señor Joan Manel. Hoy, además de regar, me han encargado recortar los setos del jardín de la plazoleta, y en eso estamos.

Pues nada, Pepe, le deseo una buena jornada de trabajo, por lo menos hoy la temperatura es muy agradable y no ha sido necesario pasear al paraguas, como otros días.

Pepe es un buen hombre. Está empleado en el Ajuntament y desde hace algunos años se encarga  de la conservación y mantenimiento de los jardines del barrio.

Uno, desde su banco, va observando todo lo que sucede en su entorno.

Resulta muy divertido y entretenido ver cómo y  de qué forma se comporta y reacciona la gente ante una misma situación.

En ocasiones, dejándome acariciar por las sombras, desde este mi particular paraíso, he pensado que más de un escritor, director de cine ó guionista, habrá sentado sus posaderas en el banco de una plazoleta similar a ésta para estudiar a las gentes, sus situaciones, sus comentarios, su comportamiento y sus hábitos, para después plasmarlo en sus películas.

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La seducción del frondoso castaño y la bondad de esta primaveral mañana de otoño me envuelve en su letargo.

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Noto una tenue pesadez en mis ojos. Una agradable somnolencia.

De pronto alguien se sienta a mi lado y me saluda con voz varonil. ¡Buenos días, caballero!

 ¡Buenos días!, respondo. 

Verá usted, añade, estaba paseando por aquí, en esta primaveral mañana de otoño y al observar esta coqueta  plazoleta se me ocurrió sentarme en este banco, por supuesto si a usted no le molesta.

¿Y por qué iba a molestarme?, le respondo. Hay sitio de sobra y además Barcelona es de sus ciudadanos y de todos cuantos la visitan.

 Muchas gracias señor, me replica amablemente.

Tras unos segundos de silencio mi anónimo y educado vecino rompe el fuego: ¿vive usted en este bonito barrio?

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Pues sí, desde hace bastantes años. ¿Usted también es de por aquí?  No, me responde. He venido a visitar a mi hermano Eugenio, al que hacía muchos años que no veía.

Mi interlocutor después de una pequeña pausa continúa: ¿sabe usted? cuando lo vi casi no lo reconocí ¡han pasado tantos años! El tiempo no perdona.

Y él, pregunto curiosamente, ¿se acordaba de usted?

 Pues al parecer sí, en cuanto me vio, responde con una media sonrisa de satisfacción.

Nuestros caminos han transcurrido por senderos muy diferentes.

Sabe, la historia de mi vida parece sacada de una increíble telenovela.

Por cierto, señor, mi nombre es Ricardo ¿y el suyo?

El mío es Joan Manel, le respondo, y es un placer estar conversando con usted, señor Ricardo.

Por favor, de señor Ricardo nada. Además, si le parece, podríamos tutearnos porque, si no me equivoco, ambos hemos superado sobradamente los setenta, por lo menos yo, Joan Manel, estoy a punto de romper la barrera de los ochenta.

Claro que sí, Ricardo, respondo, me parece una idea genial.

Curiosamente, te lo iba a proponer yo.

De pronto se hace un silencio que, de nuevo, mi curiosidad interrumpe.

Ricardo, me has dejado intrigado con la expresión “telenovela” con que has calificado la historia de tu vida.

Una sonrisa socarrona ilumina el rostro de Ricardo. Pareciera como si estuviera esperando mi comentario disfrazado de curiosidad.

Verás, Joan Manel, no quisiera arruinarte esta primaveral mañana de otoño contándote  mi culebrón.

Por favor, Ricardo, no sabes cuánto me encantaría.

Pues ya que insistes, Joan Manel, allá va.

Yo soy natural de un pueblecito de Lugo, cercano a Monforte de Lemos, por lo tanto soy gallego.

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Mis padres eran unos humildes labriegos que con innumerables  esfuerzos pudieron costearme los estudios.

Cuando yo tenía diez años nació mi hermano Eugenio.

Ricardo pasea su mano por la despoblada calva de su cabeza, tratando de extraer de ella los lejanos recuerdos de su niñez.

Emite un largo suspiro y prosigue. Verás, Joan Manel, como bien sabrás, en aquellos años los padres soñaban con que sus hijos varones fueran médicos ó curas.

Mi madre estuvo cuidando durante muchos años la casa donde vivía Don Amador, por aquel entonces cura párroco de la parroquia de un pueblecito cercano al nuestro.

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Ricardo hace un inciso que aprovecho para intervenir: ¡No me digas que Don Amador convenció a tus padres para que siguieras sus pasos y colocaras tu cuerpo dentro de una sotana!

Un asentimiento de cabeza por parte de Ricardo responde a mi pregunta.

Y tú, Ricardo ¿cómo reaccionaste?

Pues no te lo sabría explicar muy bien, Joan Manel.

En aquellos tiempos ser cura en Galicia, región tradicionalmente arraigada a la Iglesia, no me pareció ni bien ni mal, sino todo lo contrario.

 Ricardo esboza una sonrisa.

De todos modos cuando me quise dar cuenta ya me encontraba en un seminario de Orense, a punto de ser ordenado sacerdote.

A los dos años de entrar en el seminario recibí una carta de mi familia en la que me comunicaban que las cosas en el pueblo se habían complicado mucho.

Después de mucho meditarlo, mis padres junto a mi hermano Eugenio y otros dos matrimonios, habían decidido emigrar a Uruguay, concretamente a Montevideo, donde al parecer tenían muchas posibilidades de trabajar y labrarse un porvenir.

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Ricardo hace una pausa y mirando su reloj de pulsera apostilla: Joan Manel, son las doce y media ¿a ver si te estoy aburriendo con este tostón y tú tienes gestiones que hacer por ahí?

Pero Ricardo, le respondo, ¿qué cosas dices?  No tengo absolutamente nada que hacer y además me lo estoy pasando fantásticamente. Me tienes en ascuas, si no te importa continúa con tu relato.

Gracias, Joan Manel, pero es que no quisiera hacerme pesado. Nos hemos encontrado hace un momento y parece que nos conozcamos de toda la vida.

Es curioso, Ricardo, a mí me sucede lo mismo.

Ricardo se toma una pequeña pausa que aprovecha para cambiar la posición de sus piernas, cruzándolas de nuevo, pero en sentido contrario a como las tenía.

Con 27 años, prosigue, me ordenaron sacerdote. Fui destinado a la parroquia de un pequeñísimo pueblo de la provincia de A Coruña de nombre O Pazo.

Más que de un pueblo, se trataba más bien de una aldea con nueve o diez casas.

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La que yo habitaba se encontraba junto a la iglesia y a espaldas  del cementerio.

Mi trabajo consistía en oficiar misa los domingos y festivos. Poco trabajo más tenía que hacer.

De vez en cuando me llamaban para asistir a algún enfermo.

En ocasiones acudía a la convocatoria de mis superiores en el Obispado de Santiago de Compostela, para tratar temas relacionados con la parroquia.

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Planté un huerto junto a los terrenos de la iglesia con la única intención de entretenerme, ya que todo lo que producía aquella generosa tierra se lo entregaba a la gente pobre de la aldea y alrededores.

Para desplazarme por los lugares tenía una vieja bicicleta que me regaló Pepiño, un vecino de O Pazo. Estaba muy destartalada, pero como lo que me sobraba era tiempo, poco a poco la fui arreglando.

La mayoría de los habitantes adultos de la aldea y alrededores eran analfabetos, por lo que me las ingenié, con muchas dificultades, para habilitar una pequeña aula en un viejo caserón abandonado.

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No sabes, Joan Manel, el trabajo que me costó  obligar a aquella pobre gente adulta a que asistiera a clase diariamente un par de horas.

Gracias a Dios, bastantes de ellos aprendieron por lo menos a leer y escribir.

Le interrumpo intencionadamente para darle un respiro, que intuyo necesita.

Te felicito, Ricardo, para hacer esos trabajos es necesaria una gran dosis de liderazgo.

No creas, Joan Manel, pienso que en aquellos difíciles momentos fue más capacidad de sacrificio que de liderazgo.

 Piensa que yo por entonces era un hombre, mejor dicho un cura,  aunque ambas cosas sean difíciles de separar, joven, alto, con mucho cabello, apuesto, buen comunicador y según se comentaba, muy seductor con todo el mundo, hombres, mujeres y niños.

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Con lo cual no me resultaba excesivamente difícil convencer a la gente.

De pronto,  junto a nosotros un niño aparece con una bolsita de plástico entre sus manos. Nos mira fijamente sonriendo, al tiempo que extrae de la bolsita unas migajas  de pan que distribuye por el suelo.

Al instante acuden unas cotorritas  revoloteando y llevándose en el pico las migajas que les va tirando el niño.

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¿Qué te parece Ricardo? ¡Qué bello espectáculo!

En efecto, Joan Manel. Compartir es vivir.

Escolarizaste a los adultos y luego Ricardo, cuéntame ¿qué más?

El resto, Joan Manel, me resulta muy difícil de relatar, es quizás la parte más cruel y escabrosa de mi vida, pero ahí voy. Tú lo has querido…

Como te comenté antes, es prácticamente imposible separar a un sacerdote del hombre que lleva dentro y yo no fui una excepción.

De entre todas las rapazas de la aldea destacaba una, Maruxa, sin duda la más hermosa de todas.

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A Maruxa la habían elegido para que, una  o dos veces a la semana, viniera a mi casa a traer mi ropa lavada y planchada, así como a barrer y limpiar.

Normalmente, cuando ella venía yo no solía estar, pero en alguna ocasión sí habíamos coincidido.

Empezamos a hablar y más tarde a tontear, ya sabes…  El roce hace el cariño y cuando se prende fuego a la leña, ésta arde.

Poco a poco y casi sin darme cuenta, se despertó el hombre que había dentro de mi sotana y cuando quisimos poner freno a nuestra pasión ya fue tarde.

Maruxa y yo nos enamoramos profundamente, hasta el punto que cuando ella no podía venir a verme durante el día se escapaba de su casa y lo hacía por la noche.

A los pocos meses Maruxa me sacudió el alma con una noticia: “Padre Ricardo, estoy embarazada”.

Imagínate la noticia, Joan Manel.

El cura ejemplar de la parroquia de O Pazo había dejado embarazada a una de sus feligresas…

“El pastor había preñado a una de las ovejas de su rebaño”.

Después de pasar largas noches sin dormir llegué a la conclusión de que yo no merecía ser sacerdote. Es más, estaba convencido de que no quería serlo y  de que quizás no lo había deseado ser nunca.

Inmerso en esa vorágine de dudas, recibí una carta de mi hermano Eugenio en la que me comunicaba el fallecimiento de mi padre.

Además mi madre, ya delicada en los últimos años, había empeorado a raíz del deceso.

Noto la emoción en las palabras de Ricardo… Le doy un golpecito en el hombro, que me agradece.

No te preocupes, Joan Manel, estoy bien, lo que sucede es que hace muchos años que no desempolvaba esta etapa de mi vida.

Noto como la emoción se adueña de la voz de Ricardo.

Tomando a Maruxa entre mis brazos le dije: he sido un irresponsable a los ojos de Dios y de la Iglesia.

No puedo involucrarte  en este escándalo, voy a solicitar a mis superiores la dispensa de mi obligación al celibato para que se  me conceda la licencia eclesiástica necesaria para abandonar los hábitos.

Por ti, por mí y sobre todo por nuestro hijo que viene en camino, debemos formar una familia.

Entre tanto abandonaré O Pazo y viajaré a Montevideo donde residen mi madre y mi hermano Eugenio.

Estaremos en contacto y tan pronto como se solucionen las cosas, te juro por lo más sagrado que regresaré para reunirme contigo y con nuestro hijo.

Maruxa, le dije antes de partir hacia Montevideo, si es un niño me gustaría que le pusieras de nombre Ricardito, como yo.

 Si fuera una niña ponla de nombre,  Maruxiña, porque será tan bonita como tú.

La despedida, como no puedes imaginarte, Joan Manel, fue una de las escenas más dolorosas por las que he pasado en mi vida.

Abandonaba mi tierra, mi país, dejando en él a la mujer que amaba y al fruto del pecado que llevaba en sus entrañas. A mi hijo.

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A los pocos meses de llegar a Montevideo recibí desde O Pazo un telegrama estremecedor, como si de un castigo divino se tratara.

Padre Ricardo, por problemas en el parto lamentamos comunicarle el fallecimiento de Maruxa y del bebé.

Así de escueto y sencillo rezaba el comunicado. Tampoco era necesario nada más.

Bastó esa sencilla frase, para terminar con todas mis ilusiones.

Dios me había castigado ¡pero de qué forma!

Jamás le perdoné, ni le perdonaré, tamaña crueldad.

Por otra parte nunca supe, ni quise saber, si el bebé que acompañó a mi querida Maruxa a traspasar el umbral del más allá fue Ricardito o Maruxiña.

Este luctuoso suceso nos afectó a todos pero de forma muy especial a mi madre, a la cual por supuesto le había contado previamente toda la historia.

Tanto es así que a los dos meses ella, mi madre, también dejó este mundo para reunirse  con sus antepasados.

Ricardo se quita las gafas, limpiando sus cristales con reverencia eclesiástica.

Después, de forma muy parsimoniosa, introduce su mano en  el bolsillo izquierdo de su chaquetón azul marino, sacando del interior con gran esmero y cuidado un pañuelo.

Mira, Joan Manel, antes de producirse el fallecimiento de Maruxa, mi madre, ya muy deteriorada físicamente, bordó en Montevideo, este pañuelo con las iniciales R de Ricardo y M de Maruxa, para que yo se lo entregara a Maruxa, en el caso que ella, mi madre, no pudiera llegar a hacerlo…

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¡Pobre mamá!  Desgraciadamente así fue. Nunca llegó a conocer ni a Maruxa ni al bebé.

¿Qué te parece Joan Manel?  ¡Ese  pedazo de tejido algodonoso contiene el cariño y la comprensión de una madre hacia la mujer que, por capricho del azar, convirtió a su hijo Ricardo en un pecador! 

Este trozo de trapo, transformado en pañuelo por obra y arte del amor, lo confeccionó mi madre poco antes de morir, para Maruxa, la madre que iba a darle su primer nieto.

La futura esposa del hijo que, por amor, había abandonado los sagrados hábitos del sacerdocio.

El destino quiso que ese pañuelo nunca llegara a las manos de Maruxa, como hubiera deseado mi madre.

¿Comprendes ahora por qué me cuesta tanto hablar de mi pasado, Joan Manel?

Naturalmente, Ricardo, y te admiro por ello.

Ricardo, cuéntame ¿qué sucedió con tu vida y con la de tu hermano?, ¿regresásteis a España, permanecisteis  en Montevideo?

Por resumírtelo de forma muy breve, Joan Manel, mi hermano empezó a salir esporádicamente con una muchacha catalana, de nombre Roser, cuyos padres Albert y Montse, como en su día los míos, habían viajado desde Barcelona hasta  Montevideo en busca de la “tierra prometida”.

Tras casi un año de novios, Eugenio contrajo matrimonio con Roser, ahora mi cuñada, y junto a sus padres, al poco tiempo, se trasladaron a la localidad costera y eminentemente turística de Punta del Este.

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 Punta del Este, en Uruguay, es un lugar donde, todavía hoy, suelen desplazarse los argentinos acomodados, sobre todo los que residen en Buenos Aires, para pasar allí  sus vacaciones o fines de semana.

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No hay que obviar que desde el puerto de Buenos Aires en Argentina, hasta Colonia, en Uruguay, se emplean sólo dos horas en barco.

 Tu hermano Eugenio y su mujer ¿no tienen hijos? le inquiero a Ricardo mientras me quito un par de hojas que han volado hasta mi pantalón.

No, no tuvieron hijos. Roser tuvo dos abortos. No pudo ser.

 Los padres de Roser invirtieron sus ahorros conseguidos en España en una bonita tienda de comestibles, que al parecer les funcionó de maravilla.

Tanto es así que Albert y Montse, con ese esfuerzo del  que siempre han hecho gala los catalanes,  al poco tiempo ya habían ampliado el negocio.

Ricardo se toma una pequeña pausa y prosigue.

Pero las desgracias nunca llegan solas, la mala suerte también se cebó en mi hermano Eugenio y mi cuñada Roser.

Albert y Montse, los padres de Roser, sufrieron un mortal accidente que les costó la vida cuando un fin de semana se dirigían en automóvil desde Punta del Este a la importante población turística de Piriápolis.

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En Piriapólis iban a firmar un interesante contrato de colaboración con una prestigiosa cadena de comercios de alimentación.

Tras un pequeño inciso, Ricardo continúa. Como podrás comprender, Joan Manel, ese duro golpe hizo mella en Eugenio y Roser.

Mi hermano y mi cuñada tuvieron que preocuparse y ocuparse de toda una serie de asuntos burocráticos relacionados con la herencia.

Durante un tiempo tuvieron que dejar la marcha de los negocios en manos de empleados más o menos cualificados, y como reza el refrán: “cuando el gato se ausenta, los ratones bailan”.

Tanto bailaron los ratones, que al retomar las riendas de los negocios Eugenio y Roser, bastante desalentados, decidieron quemar todas sus naves y volver a España.

Concretamente, a Barcelona.

En la tierra de origen de Roser se instalaron, montando una humilde tienda de “queviures” de la que vivieron hasta su jubilación.

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Las cosas en Barcelona no les fueron mal. Como buen gallego y buena catalana, vivieron de forma austera.

Sobre todo por necesidad, pues al poco tiempo de instalarse en la ciudad condal las grandes superficies acabaron con el familiar y pequeño comercio de barrio de toda la vida.

 Invirtieron en un par de pisos y hoy en día, con el alquiler de los mismos y sus pensiones, se pueden permitir disfrutar de una vida digna. Me alegro mucho por ellos.

 Volvamos a tu historia, Ricardo…

 Después de todo ésto ¿cómo te fue a ti por Montevideo?

Verás,  Joan Manel, aunque te parezca mentira, opté por continuar solo en un país donde ya no me quedaba ningún familiar y ningún afecto.

Es como si, desde el más allá, el Padre Ricardo, que todavía existía en mí, hubiera castigado al otro Ricardo, al que no llevaba sotana, el atractivo, el persuasivo, el seductor Ricardo.

¿Pero no había  ya cumplido sobradamente mi cruel penitencia?

Conocí el amor a través de mi querida Maruxa. Me amó y la amé como jamás amé a nadie. Nuestro amor fue tan fugaz como esa estrella que se pierde en el firmamento. Cuando la quieres ver, ya pasó.

Tampoco pude conocer al fruto que Maruxa llevaba en sus entrañas. A mi hijo.

¡Cuán injusta es la vida!

 Me sentí arrastrado a cumplir con una penitencia. La que me impuso el Padre Ricardo. Una penitencia seguramente injusta, que en un principio rechacé, pero que, sin embargo, fui aceptando de forma voluntaria.

¡Vivir solo y en un país donde lo único en común que compartes es el idioma!

 Bueno, pensé, y después de todo  ¿qué más da?

Sin mis padres, fallecidos, y sin mi hermano y cuñada regresados a Barcelona  me refugié en un Centro de Ayuda a la Gente Mayor.

Se trata de un centro donde acuden, o se hallan acogidas, gentes con problemas de todo tipo.

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Personas en su mayoría, con problemas sociales, familiares, de afectividad, comportamiento, etc.

 Esas pobres gentes comparten a diario sus vivencias conmigo.

 Por mi parte, con mis humildes  conocimientos, experiencia y consejos,  trato de contribuir a hacerles más llevadera su vida cotidiana.

¡Ay, Joan Manel!  Ahora, después de muchísimos años me he permitido hacer algo que me prometí no hacer jamás.

¿Y qué es ello, Ricardo?

Pues visitar aquí en Barcelona a mi hermano Eugenio y a mi cuñada Roser.

Durante mucho tiempo, estuve convencido que esta prohibición formaba parte de la penitencia que me impuso mi otro yo, el Padre Ricardo.

Pero más tarde me fui convenciendo a mí mismo que al Padre Ricardo también le hubiera gustado viajar a esta noble tierra para abrazar a sus hermanos, y quién sabe si a lo mejor por última vez en su vida.

En pocos días, tengo previsto regresar de nuevo a Montevideo.

Por eso, ahora me dedico a recorrer esta bella ciudad que tan bien me ha acogido.

Quiero gozar, como hoy, de una primaveral mañana de otoño, beber de sus fuentes, hablar con sus gentes y escuchar el cántico de sus pájaros.

Quiero llenarme del aroma Barcelona antes de cruzar el Atlántico y regresar al retiro que el Padre Ricardo y yo hemos elegido, antes de que nos llame Él.

Con Él, si no se opone, El Padre Ricardo y yo tenemos que hablar largo y tendido de muchas cosas.

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Ricardo, le interrumpo, estoy seguro que Él, como tú le llamas, os recibirá gustosamente.

En eso confiamos el Padre Ricardo y yo.

¿Qué te parece, Joan Manel?

Has aguantado estoicamente la aburrida historia de mi vida. Otro, en tu lugar, ya se habría dormido hace rato.

De pronto, el infernal ruido de una sirena de ambulancia alarma a Joan Manel.

¿Qué ha sucedido, Pepe? inquiero al jardinero que se encuentra frente a mí.

Nada importante, señor Joan Manel. Una señora se ha sentido indispuesta y el empleado del bar de enfrente ha llamado a la ambulancia. Por fortuna, ya se ha repuesto.

Pues, vaya alboroto que ha armado la ambulancia con su sirena ¿no es cierto, Ricardo?

¡Qué raro, Ricardo no está a mi lado!

 ¿Se habrá marchado sin despedirse de mí?

Pepe, le pregunto nuevamente al jardinero ¿ha visto usted marchar a un señor mayor con gafas y chaquetón azul marino que estaba sentado aquí a mi lado?

Pues no. En toda la mañana no he visto a nadie sentado junto a usted.

Por cierto, mientras recortaba los setos, le he estado observando a usted durmiendo como un angelito, recostado junto a la barandilla del banco.

Menuda siestecita se ha regalado usted en esta primaveral mañana de otoño. Por lo menos tres horas, que es el tiempo que llevo en el jardín.

Pepe ¿está usted seguro?

Completamente, señor Joan Manel ¿por qué no habría de estarlo?

No, no, por nada, era simplemente un comentario, Pepe.

Bueno, va siendo hora de retirarse para casita.

Es una pena tener que despedirse de esta primaveral mañana de otoño.

Me apoyo en la barandilla del banco y ¡arriba!

Ya en pie, se me acerca una niña de tez morena y largos cabellos, que me hace recordar a una camboyanita.

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Con su voz melódica me dice, señor, cuando se ha levantado usted del banco se le ha caído este pañuelo.

Muchas gracias, preciosa, le digo a la camboyanita.

¡Pero qué ven mis ojos!

¡El pañuelo lleva bordadas las iniciales R de Ricardo y M de Maruxa!  

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Es el pañuelo que me mostró mi amigo Ricardo.

Mis ojos buscan, con insistencia, a Pepe.

Lo encuentro recogiendo la manguera.

 Pepe, perdone mi insistencia ¿está usted seguro que esta mañana no se ha  sentado a mi lado un señor mayor con gafas y chaquetón azul marino?

Completamente seguro, señor Joan Manel  ¿Por qué, sucede algo?  ¿Se encuentra usted bien?

Sí, sí Pepe, me encuentro perfectamente. Son cosas mías. Muchas gracias.

En aquel momento una señora, de aspecto ecuatoriano, se me acerca con un niño en los brazos.

Usted perdone, señor, el pañuelo que le ha entregado aquella niña morenita se le cayó a mi hijo, correteando por la plazoleta. Lo podrá comprobar usted porque lleva bordadas las iniciales R de Ramón y M de Marisa.

Efectivamente, le digo a la señora, mientras le entrego el pañuelo.

Hubiera tenido un gran disgusto, pues este pañuelo tiene para mí un gran recuerdo sentimental. Lo bordó la mamá de mi esposo, poco antes de quedarme yo viuda.

Muchísimas gracias y perdone señor. Por un momento creí que lo había perdido.

Mi cabeza no termina de asimilar todo lo acontecido.

 ¡Cuántas casualidades! ¡Cuántas confusiones!…

Y todo esto me ha sucedido en unas pocas horas de una primaveral mañana de otoño.

De forma instintiva levanto el puño de la camisa de mi mano izquierda. Las saetas de mi reloj de pulsera marcan las 13,45 horas.

¡Uf ¡ Hoy me he entretenido más de la cuenta.

Normalmente suelo llegar a casa sobre las 13,30 horas. Casi nunca más tarde.

Seguro que Carolina, mi esposa, me va a regañar.

Carolina, como yo, se está convirtiendo en una cascarrabias que protesta por todo.

Pero sería injusto omitir, en honor a la verdad, que Carolina aporta a mi vida todo aquello que necesito: compañía, amor, comprensión y paz espiritual.

No en vano llevamos soportándonos, el uno al otro, cuarenta y tantos años.

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Como diría la canción: “la quiero a morir”.

Bueno, pues me dispongo a deshacer el recorrido que me trajo hasta aquí, esta primaveral mañana de otoño.

Una primaveral mañana de otoño que me permitió conocer a Ricardo ¿o debo recordarlo como el Padre Ricardo?  ¡Qué más da!

En todo caso, un hombre íntegro que renunció a sus hábitos eclesiásticos por amor.

Cuando mi querida Carolina, como de costumbre, me pregunte a mi regreso ¿con quién has estado? ¿a quién has visto? ¿con quién has hablado? no podré decirle que he conocido a Ricardo, porque con toda seguridad no se lo va a creer .

¿Cómo le voy a decir que he estado conversando con un simpático sacerdote, gallego de la provincia de Lugo, que por amor colgó los hábitos y que viajó hasta las Américas, donde actualmente reside?

Un hombre que, desde Montevideo, se ha desplazado hasta Barcelona para  abrazar a su hermano Eugenio y a su cuñada Roser, que no veía desde hacía muchos años.

¡Un hombre que apareció y desapareció de mi lado como por arte de magia!

No, definitivamente, no le voy a contar nada a Carolina de mi encuentro con Ricardo.

Le diré que estuve tratando de poner paz entre Iván y Lucas, dos tremendos aficionados al fútbol, a los que posteriormente se les unió Julián.

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Para Carolina será mucho más creíble que lo de mi encuentro con Ricardo.

Volviendo a Ricardo, debo admitir que hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Aunque me invade una duda ¿existe realmente Ricardo ó ha sido todo obra de la imaginación de una persona de mi edad que ya empieza a ver fantasmas, gatos o enanitos donde no existen?

¿Acaso, será todo fruto de un agradable sueño bajo la sombra de los árboles de una plazoleta de mi barrio, en una primaveral mañana de otoño?

Por las dudas, mañana volveré a repetir el mismo recorrido.

Procuraré acomodarme en el mismo banco, frente al sensacional ciprés que me recuerda a la Toscana, mientras me dejo acariciar por los tenues rayos de sol que se filtran a través del frondoso castaño.

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Si la climatología nos sorprende como hoy, con una primaveral mañana de otoño, estoy seguro que Ricardo volverá a sentarse a mi lado …

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