LEO

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L E O

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A nuestro querido Leo con nostalgia y cariño . . .

 

En realidad el tema que estaba preparando para este mes de enero no tiene nada que ver con éste, pero “nobleza obliga” y “de bien nacido es ser agradecido”.

 

Por circunstancias obvias, tengo la ineludible necesidad de hablar de Leo. Ese peludo gatito persa europeo que durante ocho años compartió nuestro hogar y que emprendió su viaje al país de las estrellas el pasado 18 de diciembre.

 

Todo empezó cuando un día del mes de octubre de 2007, mi esposa y yo  viajamos a Platja d’Aro (Costa Brava,Girona) para revisar unas obras que estábamos efectuando en nuestro apartamento.

Platja d’Aro

Contemplando el mar desde una de las terrazas, la esplendorosa tarde otoñal invitaba al paseo, por cuyo motivo después del almuerzo  nos dedicamos a husmear por los comercios de la Avinguda de S’Agaró. En una de sus travesías nos llamó la atención una nueva tienda que se había instalado para la venta de animales de compañía con el nombre de “Animal’s”.

2 El Mediterráneo desde una de las terrazas.
El Mediterráneo desde nuestra terraza.

 

3 Avinguda de S'Agaró
Avinguda de S’Agaró.

A mi esposa y a mí nos encantan los animales, por lo que entramos  para chafardear lo que se cocía en aquel nuevo establecimiento.

 

A los pocos segundos de haber traspasado la puerta de “Animal’s”, mi esposa tomándome del brazo me dijo: “Ven y admira la preciosidad que hay dentro de esta vitrina”.

 

Mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. Dentro de aquella vitrina de apenas medio metro se hallaba el animalito más precioso que había visto en mi vida.

 

Se trataba de un “peluche” que con su seductora mirada y el movimiento de sus anchas manitas nos estaba pidiendo que lo liberáramos de aquella celda de cristal.

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Nos faltó tiempo para hablar con el propietario de “Animal’s” y requerirle información sobre el animalito.

 

Miquel, el dueño, nos dijo que se trataba de una gatita persa europea, de apenas tres meses que,  procedente de un criadero, habían consignado para su venta. Tenía todos los controles sanitarios en regla.

 

Mi esposa quedó fascinada. Durante el viaje en automóvil hasta Barcelona no cesó de hablar de la gatita: “que si estaba muy sola, que si nosotros le podríamos dar todo el cariño que parecía que nos estaba pidiendo a través de la vitrina”. . .

 

“Mira”, le dije, “a mí ese animalito me encanta, pero yo no he sido nunca partidario de gatas, porque desde muy pequeño en casa de mi madre siempre hemos tenido gato pero jamás una gata por los riesgos que ello implica. Lo siento porque si en lugar de una gatita hubiera sido un machito ”. . .

 

Bueno, pensé, esto ha sido un capricho y mañana se le habrá pasado. ¡Si todo lo que vemos y nos gusta lo tuviéramos que comprar! . . .

 

Creí que mis palabras ya la habían desencantado pero no fue así, porque durante dos días mi señora esposa me estuvo despertando a las tres de la madrugada para decirme lo feliz que sería aquella gatita si viviera con nosotros. Ella no tenía a nadie y sin embargo nosotros (con hijos mayores emancipados) podríamos volcarnos en ella y entregarle todo el cariño que necesitaba.

 

Intentando ganar tiempo, y  con la esperanza de que ya  hubieran vendido a la gatita, le dije a mi esposa: “Mira vamos a desplazarnos a Platja d’Aro el próximo miércoles para verificar nuevamente la marcha de las obras del apartamento y, si te parece, de paso visitamos la tienda de “Animal’s” para ver si todavía continúa allí la gatita. La vemos de nuevo y si nos seduce como ocurrió la vez pasada hablamos con Miquel y decidimos.”

 

En honor a la verdad debo reconocer que anhelaba con todas mis fuerzas que la gatita ya no estuviera  en la vitrina de “Animal’s”, o que a mi mujer ese peluche no le volviera a impactar como la vez anterior. De ese modo me hubiera liberado elegantemente del  compromiso contraído con mi esposa.

 

Pero no fue así. Pese a que retrasé  hasta última hora de la tarde, con mil y una excusas nuestra visita a la tienda, ”Lulú” (después de mucho pensar y rebuscar, ya le habíamos encontrado nombre) todavía permanecía allí conquistando a mi mujer (y por qué no decirlo también a mí) con sus seductores movimientos.

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Adivinando de antemano la respuesta de mi esposa le pregunté: “¿Te continúa gustando Lulú?”

 

“Me gusta más que cuando la vi el primer día,” fue su respuesta.

 

“Bueno pues,  Miquel,” le dije al propietario, “nos llevamos a Lulú. Añada un trasportín, un arenero y  todos los útiles necesarios para el mantenimiento de la gatita. ¡Ah y por cierto que sea todo en color rosa, que para eso es una hembrita!.”

 

Fuimos dos a Platja d’Aro y regresamos tres.

 

Como anécdota cabe resaltar que a la altura de Hostalric, de regreso a Barcelona, a un camión se le reventó una rueda originando un aparatoso incendio en plena autopista. Nuestro coche llegaba a ese lugar en el  momento justo en  que el  “els mossos d’esquadra” estaban cortando la ruta. Afortunadamente pudimos pasar, porque de no haber sido así ¡vaya trauma para Lulú! La televisión informó, al día siguiente, que la autopista estuvo cortada por espacio de 6 horas . . .

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Murallas del castillo medieval de Hostalric.

Personalmente, por teléfono y por las redes sociales comunicamos a nuestros  amigos y familiares que habíamos aumentado la familia con la llegada a nuestro hogar de un nuevo miembro peludo: Lulú.

 

Le acomodamos la camita de color rosa, el arenero, el comedero y el bebedero, todo para que nuestra ilustre mascota se sintiera a gusto y feliz.

 

Al cabo de pocos días llevamos a Lulú  a la consulta del veterinario para que nos confirmara que la gatita estaba sana y al corriente de todas sus vacunas, tal como nos indicaron en “Animal’s”.

 

El veterinario, que por cierto se llamaba Fidel Castro, tomó a la gatita y se la llevó para examinarla. Al poco tiempo volvió y nos dijo: “Todo está bien, pero no sé si voy a darles una buena o mala noticia.” Preocupados, mi esposa y yo, inquirimos al galeno: “¿Qué sucede, no está bien la gatita?” “Pues, miren, señores,” respondió Fidel, “el animalito está perfectamente lo que sucede es que no es una gatita sino un gatito.” “¿Cómo?, ¿está usted seguro?,” respondimos. “Puedo asegurarles que es un machito como la copa de un pino y, si no es así, mañana mismo abandono mi profesión de veterinario.”

 

“¡Qué alegría,” pensé yo para mis adentros! Precisamente lo que yo quería: un gatito.

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Tuvimos  que buscarle otro nombre porque  el de Lulú para un machito ya no servía. Después de mucho pensar e indagar, decidimos que se llamaría Leo puesto que era lo más parecido a un león en miniatura.

 

Nuevamente comunicamos a todos nuestros amigos y familiares que nuestra mascota, en contra de lo anunciado en su día, era un gatito y no una gatita y que se llamaba Leo y no Lulú. Ni qué decir tiene que la noticia causó sorpresa y fue motivo de  bromas y risas.

 

Al poco tiempo visité Animal’s y le recriminé a Miquel su falta de profesionalidad. Le dije: “No se puede vender un gato diciendo que es una gata.” Como disculpa argumentó que al ser un animalito tan pequeño y tan peludo, por razón de su propia raza, era muy difícil averiguar su sexo. De todos modos accedió a cambiarme todos los útiles de color rosa que en su día le había comprado, por otros de color azul.

 

Leo fue un maravilloso rayo de luz que llenó nuestra  casa de felicidad. Durante los años que tuvimos la gran suerte de convivir en su compañía todo fueron satisfacciones. Su presencia, su cariño y su bondad nos aportaron temas de conversación acerca de su personita, unión familiar, alegría, divertimento, entretenimiento,  tranquilidad y una gran paz espiritual.

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También es cierto que durante su etapa juvenil  nos regaló algún que otro disgusto, como el día que se nos coló, sin enterarnos, en el  lavavajillas y lo descubrimos temblando en su interior, después de un perfecto prelavado.

 

O cuando milagrosamente salvó su vida, al precipitarse por una ventana  desde el sexto piso de nuestro edificio. Estuvo hospitalizado durante varios días con fractura de la pierna, pero sus ganas de vivir y nuestro continuo aliento obraron el milagro de que se recuperara y quedara en perfectas condiciones.

 

Leo era un compañero peludo muy especial. Me  despertaba siempre puntualmente a la misma hora de la mañana con la precisión de un reloj suizo, me ofrecía desinteresadamente fidelidad, amor y cariño, a cambio de nada. Bueno sí, a cambio de hacerle compañía, conversar con él, cepillarlo a diario, bañarlo a regañadientes y cortarle las uñitas una vez al mes. Cuando yo descansaba en el sofá solía acomodarse sobre mis pies, al igual que hacen los perritos, y no se levantaba hasta que yo no lo hacía. Me acompañaba a todas partes y desde el primer día que llegó a nuestra casa sintió verdadera devoción por mí, brindándome toda su lealtad y ternura.

 

Mi esposa, bromeando, comentaba a menudo: “Deberíamos llevar a Leo al psiquiatra porque tiene complejo de perrito”.

 

Leo, ¿cómo lo podría explicar? fue un gatito fascinante. Cuantos le conocieron recordarán siempre la bondad, el cariño y la tranquilidad que transmitía así como el porte y elegancia de su figura.

 

La fatalidad se cebó en nuestro pequeño “hijo peludo”. A los seis años de edad empezó a perder peso. El veterinario que habitualmente lo asistía nos dio una noticia que nos hirió fuertemente. Leo padecía insuficiencia renal  degenerativa. Con medicamentos adecuados podría vivir dignamente no más de dos años.

 

Algo común, añadió, en los animalitos de diseño como sería el caso de Leo.

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El golpe fue terrible. Medicamos a Leo practicándole controles veterinarios cada treinta días. A pesar de que nosotros observábamos la pérdida progresiva de su peso nos resistíamos a creer que un animalito que vivió siempre como un rey y al que jamás nada le faltó, podría privarnos de su cariñosa presencia.  

 

Afortunadamente,  Leo estuvo en condiciones óptimas dos años y medio más. A partir de ahí, el bajón fue impresionante, hasta el punto que en un par de semanas tuvimos que optar por ayudarle a dejar este mundo dignamente de la misma manera que él convivió con nosotros durante su corta vida .

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Cuando nos desplazábamos a nuestra casa de la montaña de Sant Feliu de Codines, a Leo siempre le gustaba, galopar con sus orejitas en forma de flechas, hasta el olivo centenario del jardín y trepar hasta la rama más alta. Él sabía que su exhibición nos encantaba y la repetía a menudo para complacernos y demostrarnos de lo que era capaz.

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Hoy su cuerpecito descansa en paz debajo de ese olivo.

7

Leo, nunca te olvidaremos . . .

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