MARÍA PACHECO

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MARIA PACHECO

 

                    “La leona de Castilla”

 

 

María López de Mendoza y Pacheco, más conocida como María Pacheco, nació en 1495 en el palacio del sultán Yusuf III de la Alhambra de Granada, donde su progenitor había sido nombrado, a título perpetuo para él y sus sucesores, Alcalde y Capitán General del Reino de Granada por los Reyes Católicos en 1491.

 

La Alhambra de Granada

Su padre fue Íñigo López de Mendoza y Quiñones, I Marqués de Mondéjar y II Conde de Tendilla, conocido como el “Gran Tendilla”. Su madre fue Francisca Pacheco, hija de Juan Pacheco, I Marqués de Villena y Maestro de la Orden de Santiago.

 

Íñigo López de Mendoza y Quiñones

María fue la cuarta de ocho hijos: Luis (heredero de la alcaldía de la Alhambra), Diego (embajador, poeta y escritor), Francisco (cardenal, enterrado en la catedral de Sevilla), Bernardino (marino, embajador y comendador), Antonio (virrey de de México y Perú), María e Isabel.

 

María y sus hermanos fueron educados por el erudito humanista italiano Pedro Mártir de Anglería, al que su padre Íñigo conoció en Roma, cuando estuvo ejerciendo de embajador, y al que convenció para que se trasladara a la corte granadina.

 

Pedro Mártir de Anglería

De enigmática belleza, María, que desde jovencita ya destacó entre sus ilustrados hermanos, se mostró muy interesada por los estudios y aprendió griego, latín, historia, aritmética y cultura general. Mostró siempre un fuerte carácter, gran personalidad, y fue una mujer adelantada a su época. Prueba de ello es que para que no la confundieran con su hermana María y su otra hermana bastarda también llamada María, invirtió sus apellidos haciéndose llamar María Pacheco.

 

María congenió desde siempre de manera especial con su hermano pequeño Diego, al que le unía su interés por la historia y la poesía.

 

Con tan solo catorce años de edad el padre de María acordó los esponsales de su hija con el joven caballero toledano de veinte años Juan de Padilla, hijo de Pedro López de Padilla y sobrino de Gutiérrez de Padilla, Comendador Mayor de Calatrava, con quien el Marqués de Mondejar deseaba emparentar.

 

Juan de Padilla

 

Desafiando la autoridad de su padre, María se negó a la boda porque no se la había consultado previamente, porque no le atraía físicamente Juan de Padilla  y porque su rango nobiliario era inferior al suyo.

 

No obstante su negativa, al año siguiente se celebró la boda en Granada, constando ella por su linaje como Doña María Pacheco y su marido simplemente como Juan de Padilla.

 

Se acordó en el matrimonio la renuncia de los derechos a la herencia paterna a cambio de una dote de cuatro millones y medio de maravedíes, toda una fortuna en aquellos tiempos.

 

Con los años la convivencia entre María y Juan se transformó en un amor sincero, fruto del cual, en 1516, nació su hijo Pedro, que falleció siete años después.

 

Al morir el padre de Juan de Padilla, éste le sucedió en su cargo militar. Entonces el matrimonio se trasladó a Toledo.

 

Toledo

 

Ese año falleció Fernando el Católico, lo que originó un caos en la política pues, hasta que el joven príncipe, nieto de los Reyes Católicos e hijo de Juana la Loca y Fernando el Hermoso, no llegó a España desde Flandes para ocupar el trono vacante, asumió la regencia el cardenal Cisneros.

 

Fernando el Católico

 

Éste último logró que desde Bruselas, Carlos de Habsburgo (quien ya se preparaba para ser nombrado emperador) fuera proclamado rey de Castilla y Aragón, algo que la nobleza interpretó como una traición política puesto que Juana, recluida en Tordesillas por su supuesta locura, era su indiscutible soberana.

 

El cardenal Cisneros

 

Para evitar el peligro de una inminente sublevación, Cisneros instó a Carlos para que viajara rápidamente a España.

 

Carlos I de España y V de Alemania.

Fueron dos años de gran inestabilidad política, ya que los nobles castellanos querían restablecer el poder perdido y  manifestaban su inclinación por Fernando, hermano de Carlos, educado en Castilla cerca de su abuelo Fernando el Católico y más propenso a los intereses de la nobleza.

 

Fernando, hermano de Carlos.

 

Carlos de Habsburgo, instruido en Gantes, llegó a España sin conocer en absoluto el idioma y rodeado de una gran corte de flamencos y borgoñones que se repartieron los mejores cargos y beneficios.

 

Llevado por su ambición, el monarca solicitó grandes sumas de fondos e incrementó los impuestos, lo que hizo aumentar las quejas de la nobleza.

 

En agosto de 1520 Medina del Campo, considerada como el mayor foco financiero de Castilla, fue incendiada por el ejército real. Ésto se tradujo en una especie de guerra civil que enfrentó a las diferentes clases sociales. A partir de ahí  las Comunidades de Castilla cesaron  en su aristocrática y noble tradición para alinearse más a favor del pueblo llano.

 

El gran incendio de Medina del Campo.

 

Esta incidencia atemorizó a la nobleza, la cual brindó su apoyo a Carlos I, que les garantizaba sus  condición social.

 

María Pacheco, ante lo que se consideró una gran injusticia, fue sin duda la gran instigadora del movimiento comunero, pues ella animó y apoyó a su esposo, Juan de Padilla, en el levantamiento de las Comunidades en Toledo.

 

La rebelión de los comuneros.

 

La familia quedó dividida, ya que su hermano y nuevo capitán de Granada, Luis Hurtado de Mendoza, junto a su familia, se pasaron al bando imperial, mientras que María y su esposo lo hicieron en el grupo comunero.

 

Luis Hurtado de Mendoza

 

En julio de 1520, en Ávila, Juan de Padilla fue nombrado capitán general por la Santa Junta, pero las diversas pugnas entre la que fue conocida como la “Revuelta de los Comuneros” derivaron en su substitución por Pedro Girón y Velasco, motivo por el cual Padilla retornó a Toledo.

 

No obstante, al poco tiempo Girón abandonó, pasándose al bando monárquico.

 

María Pacheco dirigió la jefatura y el liderazgo de Toledo, durante el período en que su marido permaneció ausente de la ciudad, aunque al poco tiempo compartió la gobernabilidad con el obispo de Zamora, Antonio Acuña, quien desertó más tarde cuando la comunidad de Madrid se rindió a las tropas del emperador. Entonces fue María la que asumió el mando militar absoluto.

 

El obispo Antonio Acuña

En diciembre de ese mismo año Juan de Padilla tomó el mando comunero y, con un nuevo ejército toledano, volvió a Valladolid  pero nuevamente, al poco tiempo, aparecieron desavenencias en el seno de la tropa.

 

Esta inesperada circunstancia quebrantó las fuerzas de los comuneros que, en abril de 1521, fueron derrotados en la batalla de Villalar, provincia de Valladolid.

 

Batalla de Villalar y monumento en recuerdo de los comuneros en la plaza del pueblo.

 

Al día siguiente, en la plaza del pueblo de Villalar, Juan de Padilla fue decapitado junto a otros dos cabecillas: Juan Bravo y Francisco Maldonado. Sus cuerpos fueron enterrados y sus cabezas, separadas del tronco, exhibidas en lanzas. Los tres pasaron a la historia como “Los Comuneros de Castilla”.

 

Padilla, Bravo y Maldonado en el pátibulo

 

Al conocer, en su residencia de Toledo, la noticia del ajusticiamiento de su esposo en Villalar, María Pacheco cayó enferma  y se vistió de luto riguroso, tapando su cabeza con una capucha.

 

María Pacheco de Padilla al recibir la noticia de la ejecución de su marido.

 

Retrato en azulejo portugués de María Pacheco.

 

Casi todas las ciudades de Castilla que se habían levantado contra Carlos capitularon, no obstante María de Pacheco remplazando a su difunto marido, se hizo fuerte defendiéndose en el Alcázar de Toledo.

 

Durante nueve meses, la viuda del comunero, recibió el ataque constante de los ejércitos de Carlos. En ese tiempo fueron muchos los desertores, pero María resistió, rechazando los pactos que le ofrecían sus familiares, alineados con el monarca.

 

Para poder pagar a las tropas María entró de rodillas en la catedral de Toledo, incautándose de toda la plata que allí se custodiaba.

 

Catedral de Toledo y Palacio Arzobispal.

 

De nada sirvió el esfuerzo, pues los continuos ataques del ejército imperialista terminaron por cercar Toledo. En octubre de 1521 se firmó un pacto en  beneficio de los capitulados, el “Armisticio de la Sisla”, por el  que los comuneros se comprometían a abandonaron el Alcázar, pero conservando el armamento y el control de la población.

 

Sin embargo, en febrero de 1522, en un nuevo alzamiento de la ciudad, María Pacheco y sus seguidores asaltaron el Alcázar libertando a los apresados.

 

La insurrección careció de éxito y a las pocas horas fue extinguida por las fuerzas de Carlos I, comandadas por el prior de San Juan.

 

Gracias a la complicidad de algunos familiares que la ayudaron, María logró escapar de Toledo ataviada de vagabunda, y después de varios avatares logró emigrar a Portugal.

 

Durante su exilio le llegó la dolorosa noticia del fallecimiento, en Alhama de Granada, de su hijo Pedro, el cual había quedado bajo la custodia del regidor de dicha localidad, Álvaro Maldonado.

 

María Pacheco fue excluida del indulto general y condenada a muerte por rebeldía al rey en 1524.

 

Juan III de Portugal hizo caso omiso de las peticiones de extradición que le llegaron desde España por parte del rey Carlos.

 

Juan III de Portugal

 

María obtuvo, en Portugal, el apoyo del arzobispo de Braga, Diego de Sosa, en cuya casa residió durante dos años. Finalmente fue acogida por el obispo de Oporto, Pedro de Acosta, en la parte alta de la ciudad.

 

La comunera no le perdonó al monarca español haber ordenado decapitar a su esposo y tampoco nunca le solicitó el indulto real ni la revocación de su pena de muerte. El rey le arrebató a María todos sus bienes, arrasando sus propiedades en Toledo y condenándola al perpetuo olvido.

 

María Pacheco, la que había capitaneado el movimiento comunero contra el imperialismo de la época, falleció a la temprana edad de 35 años, en su hogar prestado de Oporto, aquejada de unos fuertes dolores en el costado.

 

Sus restos mortales fueron enterrados en el altar de San Jerónimo de la catedral de Oporto y no se concedió trasladar sus restos junto a los de su esposo en Villalar.

 

Catedral de Oporto, donde fué enterrada María Pacheco.

 

Su tumba fue cambiada un par de veces por reformas. Alrededor de 1609 se amplió la cabecera y fue eliminada la zona. Nada más se sabe de sus restos.

 

Posteriormente a su muerte, sus hermanos y la casa Mendoza insistieron en sus demandas de perdón al monarca, así como la rehabilitación de su nombre y el traslado de sus restos mortales a España para descansar junto a los de su esposo. Nunca llegó la compasión ni el perdón por parte de la monarquía española.

 

El poeta Diego Hurtado de Mendoza, su hermano menor, escribió para María el epitafio de su tumba:

 

“Si preguntas mi nombre, fue María,                                     

si  mi tierra, Granada; mi apellido

de Pacheco y Mendoza, conocido

el uno y el otro más que claro día

si mi vida, seguir a mi marido;

mi muerte en la opinión que él sostenía

España te dirá mi cualidad

que nunca niega España la verdad.”

 

Diego Hurtado de Mendoza

 

El director de cine Juan de Orduña, rodó en 1951 la película “La Leona de Castilla” en la cual su actriz principal, Amparo Rivelles, realizó una brillante interpretación de la comunera de Toledo.

 

María Pacheco, una de tantas heroínas olvidadas. . . .

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