JARABO

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El dandi asesino

 

 

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris nació en Madrid el 28 de abril de 1923.

 

Hijo de una familia acomodada, fueron sus padres José María Jarabo Guinea, español y letrado de profesión, y Teresa Pérez-Moris Cañal, de origen portorriqueño. Posteriormente la familia varió el apellido dejándolo en Pérez-Morris.

 

El niño José María haciendo equilibrios sobre una silla.

 

José María Jarabo era sobrino de Francisco Ruiz Jarabo, presidente del Tribunal Supremo y años más tarde Ministro de Justicia.

 

Francisco Ruiz Jarabo, presidente del Tribunal Supremo.

 

Estudió en los mejores centros de enseñanza  de Madrid, entre ellos el prestigioso Colegio Nuestra Señora del Pilar en el barrio de Salamanca, cuna de políticos, empresarios y ejecutivos de la época a los cuales tuvo por compañeros.

 

Colegio de Nuestra Señora del Pilar.

 

En 1940, recién cumplidos los 17 años, José María convertido en un fortachón y apuesto muchacho, simpático, distinguido, con hechuras de galán cinematográfico y refinada educación, dejó los estudios para viajar a Puerto Rico junto a su familia.

 

Puerto Rico

 

Probablemente el divorcio de sus padres hizo que su madre  se volcara en él, mimándolo en demasía, lo cual contribuyó a que el joven José María llevara una vida desordenada de golfería y gandulería así como una inagotable adicción por los drogas, el alcohol y el sexo que le llevaron a padecer más de una enfermedad venérea.

 

A los veinte años José María se casó con Luz Álvarez, una rica heredera con la que tuvo un hijo, pero cinco años más tarde se produjo el divorcio debido a su referida inmoralidad.

 

José María con su familia.

 

Se trasladó entonces a Nueva York donde tampoco le fueron bien las cosas, pues fue expulsado del país tras pasar cuatro años en prisión por tráfico de estupefacientes y pornografía.

 

Aunque su familia permaneció en Puerto Rico, Jarabo regresó a Madrid en junio de 1952, con una suma de quince millones de pesetas que su madre le entregó para que se estableciera e instalara un negocio en la capital.

 

La calle Alcalá, años 1950-60

 

Además, mensualmente, José María recibía puntualmente ocho mil pesetas para sus gastos personales.

 

Jarabo simuló dedicarse a las representaciones pero la realidad es que jamás trabajó y, continuando con sus hábitos de “bon vivant”, esa fortuna le permitió convertirse en uno de los personajes más admirados y solicitados por las féminas de la noche capitalina.

 

Durante dos años, el tiempo que tardó en dilapidar el dinero, José María se erigió, cual Petronius, en el árbitro de la elegancia madrileña, pues no hay que olvidar que en aquella época Madrid, con todos los respetos, era una ciudad pueblerina, totalmente distinta a la de nuestros días.

 

Madrid, 1952. Una mula se cae delante del tranvía de la línea 17.

 

Jarabo hablaba en perfecto inglés por haber residido en Estados Unidos, conducía coches de alta gama, lucía trajes confeccionados por los mejores sastres artesanos de la villa y corte,  frecuentaba los mejores restaurantes y las mujeres le asediaban en las “boites” de moda del foro madrileño.

 

Uno de los automóviles de Jarabo.

 

Al parecer, uno de los principales atractivos masculinos de los que se hablaba de Jarabo, entre su corte de admiradoras de todo género y conducta, es que estaba muy bien dotado sexualmente.

 

Jarabo aparecía siempre rodeado de mujeres.

 

Sus constantes apetitos carnales le obligaban a reemplazar a menudo a sus parejas, ya fueran amigas o prostitutas.

 

Sin embargo, su adicción a las drogas y el excesivo consumo de alcohol desencadenaba en él una continua agresividad, que a menudo afloraba en disputas y peleas motivadas por asuntos de rivalidad relacionados con faldas.

 

Al quedarse absolutamente sin dinero, Jarabo se dedicó con su poder de seducción a embaucar y estafar a cuanta gente se le puso por delante, dando nombres falsos, empeñando alhajas e incluso hipotecando la magnífica villa que su familia poseía en la calle Arturo Soria de la capital madrileña.

 

En el verano de 1956 Jarabo conoció a Beryl Martin Jones, una inglesa residente en Lyon casada con un francés.

 

Panorámica de Lyon, Francia.

 

Beryl había viajado sola a Madrid, como turista, para reflexionar sobre el futuro de su matrimonio que al parecer no andaba muy bien.

 

La inglesa se enamoró perdidamente del seductor Jose María con el que sostuvo un largo idilio durante todo el verano.

 

José María con Beryl.

Al llegar el otoño, el gasto descontrolado en hoteles, caprichos y el desenfreno de las noches madrileñas junto a Beryl le pasó factura a José María, al que las ocho mil pesetas mensuales que le enviaba su madre no le cubrían sus gastos.

 

Fue entonces cuando reparó en un hermoso anillo que lucía su amante. Un solitario de oro con un precioso brillante, regalo de su esposo, cuyo precio podría estar en más de 50.000 pesetas de los años 1950-60.

 

Haciendo gala, una vez más, de su gran poder persuasivo, Jarabo le pidió prestado el anillo a su amante para empeñarlo hasta recibir una importante cantidad de dinero procedente de sus negocios en el extranjero.

 

Beryl, enamorada y entregada a  los placeres sexuales que le ofrecía su compañero, no reparó en entregarle la joya.

 

Jarabo pensó entonces en una tienda que figuraba como un negocio de compra-venta, denominada Jusfer, un antro regentado por dos tipos de dudosa reputación, en el número 19 de la calle Sáinz de Baranda, al que acudían con urgencia de dinero aquellos que no podían hacerlo a través del Monte de Piedad, casa de empeños legal de la época.

 

La tienda de los prestamistas.

 

En Jusfer se aprovechaban de las desgracias de las personas necesitadas tasando los objetos cedidos por éstas muy por debajo de su valor real, teniendo que pagar luego, para poder recuperarlos, más del triple de su valor empeñado, en un escaso plazo de tiempo si no querían exponerse a que el objeto ya se hubiera vendido.

 

Los dos usureros  que regentaban Jusfer eran Emilio Fernández Díaz y Félix López Robledo, quienes le ofrecieron cuatro mil pesetas por la joya.

 

Emilio Fernández

 

Félix López

 

José María y Beryl pensaron que era un abuso pero, por otra parte, que también les sería más fácil recuperarla al cabo de pocos días.

 

Con la llegada del invierno, Beryl se puso enferma y su esposo viajó a Madrid para persuadir a su mujer de que volviera a Lyon a pasar las fiestas de Navidad.

 

Apenas sin tiempo para despedirse de Jarabo, Beryl retornó a Lyon y ya jamás volvieron a encontrarse.

 

No obstante, Beryl siguió en contacto con su amante a través del correo, y en una de sus cartas le recordó a José María la conveniencia de recuperar el anillo empeñado en Jusfer, obsequio de su marido.

 

Para colmo, su familia de Puerto Rico le comunicó que iban a regresar a Madrid. Las cosas se le ponían feas a Jarabo, pues se iban a descubrir sus correrías y su forma de vida.

 

En la primavera de 1958 José María fue a Jusfer a desempeñar la joya, pero uno de los propietarios le dijo que no podía hacerlo, puesto que en el documento constaba que la propietaria era una tal Beryl y que, sin su expresa autorización por escrito, no podían entregarle el solitario de oro.

 

Jarabo les dijo que tenía una carta de Beryl donde le instaba a recuperar la joya y que seguramente podría servir como autorización.

 

Emilio, uno de los prestamistas, le respondió que les llevara la carta para ver si podría valer.

 

Al día siguiente Jarabo regresó con la carta, a la cual dieron su conformidad la pareja de explotadores, pero para recuperar la alhaja le pidieron diez mil pesetas, un 250 por ciento más del dinero prestado.

 

Como Jarabo no disponía de esa cantidad acordaron que volvería más adelante, cuando tuviera el dinero. Como aval para no revender la sortija convinieron en quedarse la carta y guardarla en su caja de caudales.

 

La carta de Beryl.

 

Mediaba el mes de junio cuando Jarabo, con las diez mil pesetas, volvió al antro de los usureros. Su sorpresa fue mayúscula cuando éstos le comunicaron que, ahora, para recuperar el anillo y la carta, que además contenía revelaciones y confesiones íntimas, tenía que pagarles el doble.

 

Jarabo comprendió que, por las buenas, jamás podría llegar a un acuerdo con aquel par de timadores, por lo que fingiendo ser un teniente coronel de Aviación, coleccionista de armas, adquirió una pistola FN calibre 7,65 mm. a un sereno nocturno del madrileño Paseo de la Habana.

 

La pistola adquirida a un sereno nocturno.

 

La víspera del 18 de julio, día festivo en Madrid por celebrarse el Glorioso Alzamiento Nacional, Jarabo llamó a los usureros para decirles que tenía dinero y joyas por valor suficiente para recuperar el anillo y la carta.

 

Voluntarios en la Puerta del Sol de Madrid, (julio de 1936).

 

Quedaron en verse en la tienda el sábado 19 a las 20,30 horas pues en aquella época se trabajaba los sábados por la tarde.

 

Como de costumbre, José María que vestía siempre de forma impecable, esa noche escogió para la ocasión uno de sus trajes más elegantes.

 

José María Jarabo

 

Los días de lujo y derroche se habían terminado, por lo que Jarabo vivía en una modesta pensión de la calle Escosura nº 21, de la que salió con tiempo suficiente para acudir a la cita, pero conoció en el camino a una mujer con la que estuvo coqueteando y llegó a la tienda cuando ya estaba cerrada.

 

Entonces decidió ir directamente al domicilio de Emilio Fernández que vivía muy cerca de allí, concretamente en el piso cuarto de la calle Lope de Rueda, 57.

 

Poco antes de las diez de la noche, se coló en el portal de la finca aprovechando un descuido del vigilante y, para no dejar huellas dactilares, abrió la puerta del ascensor con los codos y pulsó el botón del timbre del domicilio con el pulgar de la uña.

 

Le franqueó  la puerta Paulina Ramos, una asistenta de 26 años que trabajaba en la casa, quien le hizo pasar al salón donde se encontraba Emilio. Éste, al verle, montó en cólera recriminándole su presencia y diciéndole que los temas comerciales se trataban en la tienda, pero jamás en su domicilio privado. Acto seguido lo expulsó de su casa.

 

Paulina Ramos Serrano

 

José María se dirigió a la puerta de salida, abriendo y cerrando la puerta para que Emilio pensara que se había marchado, pero a renglón seguido regresó hacia el cuarto de baño donde se encontraba el prestamista y sin mediar palabra le disparó en la nuca causándole la muerte instantánea.

 

Al oír el disparo la sirvienta acudió rápidamente hacia el lugar del crimen y al contemplar la escena quiso pedir auxilio pero Jarabo se lo impidió, golpeándole en la cabeza con la culata de la pistola, tapándole la boca y clavándole en el corazón el cuchillo con la que la pobre muchacha estaba trabajando en la cocina.

 

Pocos minutos después hizo acto de presencia en el piso Amparo Alonso, esposa de Emilio.

 

Amparo Alonso

 

Sorprendida al ver a José María sólo en el salón, éste con su característico desparpajo y simulando ser un inspector de Hacienda, le comentó a la señora que su marido y Paulina habían tenido que salir con unos compañeros suyos para aclarar una cuestión relacionada con piezas substraídas y que no tardarían en regresar.

 

El tiempo iba transcurriendo y a pesar de la labia y palique del asesino, Amparo empezó a desconfiar de éste y al observar una mancha de sangre en su ropa, en un descuido de Jarabo, acudió al cuarto de baño descubriendo los cadáveres de Emilio y Paulina.

 

El cuerpo sin vida de Emilio Fernández en el cuarto de baño.

 

Al poco tiempo la desafortunada yacía también muerta sobre la cama, con un tiro en la cabeza. Fue un doble crimen pues Amparo estaba embarazada.

 

El cadáver de Amparo Alonso.

 

Acto seguido, José María revolvió todo el piso en busca del anillo y de la carta de su amante, pero no halló nada, a excepción de la llave de la puerta de Jusfer y de algunas joyas de las que se apropió. Registró la ropa de los difuntos y se apoderó de su dinero.

 

A sabiendas de que el portal de la vivienda estaba cerrado, pues eran más de las doce de la noche, Jarabo optó por quedarse en el piso, junto a los tres cadáveres, hasta la mañana siguiente.

 

Decidió crear, entonces, una atmósfera de crimen pasional. Trasladó el cuerpo de Paulina a la habitación de ésta, la colocó  en la cama y le quitó la ropa rasgando las prendas íntimas que llevaba, para simular un abuso sexual.

 

Se cambió su camisa ensangrentada por una del difunto, y colocó en una mesa varias botellas de alcohol y copas manchadas de carmín medio vacías y derramadas, para simular una noche de orgía.

 

Al día siguiente, domingo, en cuanto abrieron el portal de la escalera, José María, se marchó del lugar de los hechos y pasó la mañana en el cine Carretas donde se proyectaban películas en sesión continua.

 

Cine Carretas.

 

A la salida, y después de hacer su diaria ronda por los bares que solía frecuentar, regresó a su pensión para descansar y preparar la visita del día siguiente, en la tienda de Jusfer, a Félix López Robledo, el socio del prestamista asesinado.

 

La mañana del lunes 21 de julio de 1958, Jarabo madrugó más que de costumbre para dirigirse a Jusfer. Una vez allí, abrió la tienda con la llave que había sustraído en el piso de Emilio y se escondió en su interior, esperando la llegada de Félix.

 

Puntualmente, como cada jornada, Félix abrió la puerta de Jusfer sin sospechar que sería su última vez. Agazapado le esperaba Jarabo que, sin mediar palabra, le disparó dos tiros en la nuca.

 

Su última víctima Félix López Robledo en la tienda Jusfer.

A continuación buscó por toda la tienda el anillo y la carta de Beryl, pero tampoco esta vez encontró nada.

 

Al observar la gran sangría que amenazaba con salir por debajo de la puerta hacia el portal, José María la taponó esparciendo un saco de serrín que encontró en la tienda. Después se hizo con un lujoso maletín donde metió su ropa manchada de sangre junto a otros objetos y alhajas que consideró de valor.

 

Se puso uno de los trajes pignorados existentes en el local y acto seguido se dirigió a la tintorería Julcán de la calle Orense, 49 de la que era cliente habitual y les entregó la ropa ensangrentada, así como el maletín, para que se la guardaran hasta el día siguiente para cuando fuera a retirar las prendas.

 

Tintorería Julcán.

Para justificar las manchas de sangre les dijo que la noche anterior había tenido una pelea con un chulo, al que le había partido la nariz, en la sala de fiestas “El Molino Rojo”.

 

El Molino Rojo.

 

Uno de los vecinos de confianza de los propietarios de Jusfer, extrañado al observar la tienda cerrada durante toda la mañana, acudió al domicilio de Emilio donde nadie le respondió. Habló entonces con el portero de la escalera, quien le comentó que no había visto entrar ni salir al matrimonio ni a la sirvienta.

 

José Pacheco y su esposa, porteros del inmueble de la vivienda de Emilio Fernández.

 

Llamaron entonces al teléfono de la vivienda y, al ver que nadie contestaba, optaron por telefonear al domicilio de su socio Félix. Respondió a teléfono la compañera de éste, Ángeles de las Nieves Mayoral, quien, extrañada, manifestó que Félix se había ido temprano como cada mañana para abrir el local.

 

Angeles de las Nieves Mayoral compañera de Félix López.

 

Ante la sorpresa y el misterio los vecinos decidieron comunicar los hechos en la comisaría.

 

Cuando la policía descubrió los cuatro crímenes, con la cantidad de sangre derramada, dedujo que el asesino posiblemente habría tenido que acudir a alguna lavandería o tintorería por lo que se ordenó una investigación en todos locales de limpieza.

 

Los dueños de la tintorería Julcán declararon a la policía que, efectivamente, uno de sus clientes les había entregado para su urgente limpieza, un traje que les llamó la atención por la gran cantidad de sangre acumulada, máxime tratándose de una hemorragia nasal. También les había confiado un maletín que recogería al día siguiente.

 

Uno de los dueños de la tintorería mostrando el maletín que les confió Jarabo.

 

La policía procedió a abrir el maletín y encontró en su interior, junto a otros objetos, la pistola FN calibre 7,65 mm. que el asesino había utilizado para llevar a cabo sus crímenes.

 

Jarabo anduvo el lunes recorriendo tabernas y pasó la noche con dos mujeres que había conocido en el bar Chicote, con las cuales quería acostarse. Como no consiguió quien le alquilara una habitación, pasearon toda la madrugada en taxi hasta el amanecer. Después de haber parado para desayunar, le indicó al taxista que les condujera hasta la tintorería de la calle Orense.

 

Bar Chicote.

 

Cuando al mediodía del martes 22 de julio José María acudió al establecimiento para recoger el traje se encontró con la presencia de policías que le detuvieron sin que opusiera resistencia. Desde allí fue trasladado a la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol.

 

Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol.

 

Ficha policial de Jarabo el día de su detención.

Con la sangre fría que siempre le caracterizó solicitó que, desde el restaurante Lhardy, llevaran comida y una botella de coñac francés para todos. Incluso consiguió que le inyectaran morfina al tiempo que iba confesando los asesinatos. Se arrepintió de la muerte de las dos mujeres pero no así de los usureros que le habían extorsionado.

 

Restaurante Lhardy.

 

La repercusión que tuvo en la sociedad la noticia del cuádruple crimen ejecutado por Jarabo (principalmente el de las dos mujeres, una de ellas embarazada) impresionó a todo el país y le crearon un desprecio general.

 

Fue tal el morbo que se originó en torno a la figura de José María que, el jueves 29 de enero de 1959, cuando se celebró en la Sala V de la Audiencia Provincial de Madrid el juicio contra el asesino, el local estaba repleto de periodistas y gente famosa de todos los ámbitos.

 

Multitud de gente haciendo cola ante la Audiencia Provincial para presenciar el juicio.

 

Durante los cinco días que se prolongó la causa, Jarabo se presentó como un verdadero dandi luciendo cada día un traje diferente.

 

Cabe señalar, como curiosidad, que el semanario de sucesos “El Caso”, en su edición 325, alcanzó una cifra de ventas de medio millón de ejemplares, batiendo todos los récords en España hasta aquel momento.

 

El semanario El Caso.

 

La sentencia, que se hizo pública el 11 de febrero de 1959 y se confirmó el 18 de mayo del mismo año, condenó a José María al pago de costas y doscientas mil pesetas de indemnización a cada uno de los herederos de las víctimas así como a cuatro penas de muerte, que no pudo eludir a pesar del dinero y la influencia de su familia así como a la mediación de su tío, entonces presidente del Tribunal Supremo.

 

El dictador Franco firmó el “enterado”.

 

La ejecución se señaló para el 4 de julio de 1959 y la noche anterior Jarabo la pasó fumando y bebiendo whisky. A las cinco de la mañana escuchó misa y comulgó.

 

Haciendo gala de una increíble frialdad, José María acudió al patíbulo del patio de la hoy desaparecida prisión de Carabanchel, Prisión Provincial de Madrid, perfumado y vestido de forma impecable.

 

La desaparecida cárcel de Carabanchel.

 

Tenía 36 años y fue uno de los últimos condenados a muerte por garrote vil.

 

El garrote vil.

 

Fue enterrado en el cementerio de la Almudena, en la sepultura de sus abuelos maternos. No obstante, antes se originó un gran revuelo por la protesta de algunos asistentes que aseguraban que el cuerpo del féretro no era el de Jarabo sino el de un gitano que había fallecido horas antes.

 

Tumba de José María Jarabo.

 

Para calmar los ánimos un comisario que se hallaba junto a los empleados ordenó abrir el ataúd para desmentir los rumores.

 

Varios testigos, entre ellos algunos periodistas, aseguraron no haber identificado a Jarabo, posiblemente debido al destrozo que sufrió su cuello durante la ejecución, ya que, debido a su fortaleza, el verdugo tuvo que dar dos vueltas al tornillo del garrote vil, prolongando su sufrimiento y su agonía, y aún así el médico no pudo certificar su defunción hasta veinte minutos después.

 

A partir de ahí empezó la leyenda de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris, pues hay quienes manifestaron haberle visto posteriormente en Puerto Rico, donde residía su familia.

 

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José María Jarabo

 

La vida de Jarabo fue llevada a la televisión en 1984 con la serie “La huella del crimen” dirigida por Juan Antonio Bardem, cuyo episodio fue interpretado por el actor Sancho Gracia.

 

Sancho Gracia en una escena de la huella del crimen.

 

El eminente ensayista y romancero zamorano Joaquin Díaz incluyó en su disco “Música en la calle” el tema “Los crímenes del Jarabo”.

 

El romancero Joaquin Díaz.

 

¿Jarabo fue realmente un asesino o tal vez un desequilibrado?. . .

 

 

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