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PEPE IGLESIAS ” El Zorro”

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 PEPE IGLESIAS “ El Zorro”

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José Iglesias y Manuela Sánchez, humildes trabajadores españoles, nacieron en la gallega aldea de Escairón (a 12 kilómetros de Monforte de Lemos), en la provincia de Lugo, España.

 

 

 

 

 

Como tantos otros emigrantes españoles de la época viajaron a Buenos Aires, Argentina, en 1914, en busca de una mejor forma de vida.

 

 

 

 

 

Ya en la ciudad porteña, José y Manuela se casaron y, tras establecerse en un conventillo de Sarmiento y Callao, el 7 de febrero de 1915 tuvieron a su único hijo:  José Ángel  Iglesias Sánchez.

                         

                             

 

     

               

                                http://www.slideshare.net/siliar/fotos-del-1900#btnPrevious

El que más tarde sería conocido como el gran Pepe Iglesias “El Zorro”, siempre llevó a gala sus raíces.

En las entrevistas hizo siempre referencia a su ascendencia gallega. Solía decir: “mis tatarabuelos, mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y ¡qué sé yo!, todos nacieron en Galicia…”

Pepe Iglesias tuvo una infancia tranquila y llena de alegría.

No obstante, siempre se lamentó de no haber conocido a su padre, no haber podido abrazarlo y jugar con él,  ya que falleció siendo Pepe un bebé.

Le encantaba escuchar la radio e imitar todas las voces conocidas y populares de la época.

En ocasiones llamaba a su madre para que, con el meloso acento gallego que nunca perdió, le diera su opinión acerca de sus imitaciones.

Ella le contestaba afirmativamente sus gracias, añadiendo que las había heredado de su padre, que tuvo siempre un gran sentido del humor.

Cuando llegaban las fiestas del colegio al que asistía Pepe, siempre le elegían a él para presentar las funciones merced a sus grandes dotes de imitación de personajes famosos del momento.

Fue un niño muy hábil en la escuela. Con su característico gracejo se las ingeniaba continuamente  para sortear las dificultades propias de los exámenes.

Su maestro Trullá siempre le decía “Che, vos lo que sos, sos un zorro”.

Como es bien sabido, a los muchachos les encanta repetir los términos y los motes. De ahí que su nombre, en el futuro artístico, quedó unido a su alias: Pepe Iglesias “El Zorro”.

Sus amigos le animaron a probar suerte en el escenario. Y así fue como en 1932, con motivo de una fiesta de Carnaval que se había organizado en los salones del Gimnasia y  Esgrima, subió a la tarima y con la sola ayuda de un peine y un papelito interpretó algunas melodías conocidas, contó chistes, hizo imitaciones y de esta forma empezó su periplo artístico.

Un año más tarde, en 1933, formó una troupe estudiantil en el teatro Ópera donde fue descubierto por un empresario, gracias al cual su popularidad fue en aumento.

Pablo Osvaldo Valle, en 1935, le facilitó una prueba en Radio El Mundo (en aquel tiempo la catedral de la radio).

Al señor Valle le impresionaron tanto sus imitaciones que le dijo (a Pepe): “Pibe, yo no sé dónde te voy a meter, pero vos de esta casa no te movés más” .

Para familiarizarse con el mundo de la radio y los micrófonos, empezó trabajando en los elencos radiofónicos, donde llegó incluso a compartir papeles junto a la gran Niní Marshall.

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Su debut oficial se produjo el 1º de mayo de 1937 en Radio El Mundo, bajo el patrocinio de la empresa  Cafiaspirina. El programa se llamaba “El murmullo del éter” y constituyó un gran éxito.

Las revistas especializadas se volcaron en halagos hacia el debutante  afirmando que era el sucesor de Tomás Simari, el hombre de las mil voces.

 

 

 

 

 

 

 

Esa misma denominación también se la otorgaron a Pepe, al que ya se le conoció para siempre como Pepe Iglesias “el Zorro”.

Fueron famosos sus perfectos calcos de las voces de personajes populares como: Luis Sandrini, Rosita Quiroga, Niní Marshall, Pepe Arias, Ortiz Tirado, Lilí Pons y muchos otros.

Era tal su habilidad con la imitación, que en más de una ocasión había gastado bromas telefónicas que tenían un gran impacto ante la audiencia.

Al poco tiempo empezó a crear personajes nacidos de su propia inventiva: la niña “Porotita”, una pareja de gallegos de nombres “Jesús y Curra”, un lobo de mar del porteño barrio de La Boca llamado “Comandante Caruso”, “Fernández” y muchos más.

En una ocasión llegó a hacer treinta y siete voces distintas en el curso de una misma audición.

Su humor sencillo, transparente, sin groserías ni vulgaridades, se ganó muy pronto las simpatías de los radioyentes.

Pepe era un notario de la actualidad y retrataba lo cotidiano, a través de sus personajes, con el lenguaje simple y llano de la gente de barrio.

En aquellos tiempos la radio era una gran fuente aglutinadora y centro de tertulias familiares. No era, pues, extraño, que las noches en que actuaba el Zorro se notara en las calles, hasta tal punto que los empresarios de espectáculos llegaron a quejarse de la baja recaudación de las taquillas en esos días.

En la década de los años cuarenta,  Pepe Iglesias  “el Zorro” brilló con  gran intensidad, hasta el punto que su Buenos Aires querido se le hizo pequeño, y reclamado por su fama, empezó a recorrer varias provincias  del país.

Una de las facetas importantes de Pepe la constituyó su facilidad por la música y fue entre los años 1945-1952, la que algunos consideran su época de oro, donde presentó varias de sus canciones más famosas, de las que en varias de ellas, fue co-autor.

 

 

 

 

 

Temas como “Esmeralda, ráscame la espalda”, “Salí al balcón” ó “Eso es el amor”, entre otras, hasta completar la cifra de  ciento veinte, se escuchaban por todas partes.

                                    http://www.youtube.com/watch?v=urI_NmUD1Vw

Destacar que de la canción “Eso es el amor” se realizaron versiones en todo el mundo. Fue banda sonora de algunas películas, entre ellas, “El mundo de Suzie Wong”.

Aunque, sin duda, la más popular fue la versión que interpretó la famosa orquesta de Franck Pourcel.

                                     http://www.youtube.com/watch?v=F1AaYF2hoIA

Curiosamente “el Zorro”, jamás tocó ningún instrumento, ni estudió música. Pero la llevaba con él desde la cuna. Inventaba ritmos con su silbido prodigioso, con una simple cajita de cerillas o  golpeando sobre una mesa .

Toda su música estuvo basada en un impresionante sentido rítmico puramente intuitivo.

Triunfó  en el cine como actor, llegando a interpretar alrededor de 20 películas, siendo la primera: “Dos amigos y un amor”, en el año 1937, a las órdenes de Lucas Demare.

Cabe destacar, como anécdota, que en esa película cantó un tango con la orquesta de Francisco Canaro titulado “Hay que aclarar” y que a raíz de eso Canaro le llevó de gira por Uruguay.

                                          http://www.youtube.com/watch?v=jKfIQeQfjHA

Al poco tiempo Lucas Demare le dirigió de nuevo en “24 horas en libertad”.

Con “Mi novia es un fantasma”, de 1944, Pepe recibió el premio al mejor actor.

Posteriormente  y después de algunas más, en 1949 filmó una de las diez películas más taquilleras de Argentina: “Avivato”, basada en el personaje de Lino Palacio y considerada la mejor película de su carrera cinematográfica.

Le siguieron “Piantadino”, “El zorro pierde el pelo”, “Si usted no puede, yo sí”, ”El heroico Bonifacio” y tantas otras …

 

 

 

 

 

 

Sus continuos éxitos le llevaron a viajar por varios países como Estados Unidos, Uruguay, México y Perú, donde recibió el Premio Inca.

Posteriormente, el porteño Pepe regresó a su Buenos Aires – La reina del Plata-, donde rodó “Los sobrinos del Zorro”.

Viajó a España en mayo de 1952.

En la Madre Patria debutó en la sala Mozart de Barcelona, en un programa de Radio España presentado por Carmen Brito y Agustin Rafael.

                                                                                                             

Bajo la dirección de Ramón Torrado, en 1953, rodó la película “¡Che, qué loco!”, junto a Emma Penella y el entrañable José Isbert, ya desaparecido.

                                        

                                             

                                         http://www.youtube.com/watch?v=TlhqWih6x_w

Al poco tiempo fue contratado por la Cadena SER de radiodifusión, convirtiéndose en uno de los cómicos más importantes de la España de los años cincuenta.

                                                           

Demostró su gran capacidad para la creación e interpretación de personajes con diferentes voces. Bastaba con oírlos unas pocas veces para que se hicieran familiares en todos los hogares. 

Tal fue el caso de “Don Tapadera”,  o el popularísimo “el finado Fernández”, entre otros, y todos ellos conviviendo en el curioso “Hotel La Sola Cama, donde hay bronca toda la semana”.

Era habitual escuchar entre el lenguaje cotidiano algunas de las frases acuñadas por los personajes de Pepe Iglesias “el Zorro”: “Está loca la pelota”, “Seré bereve”, “ del finado Fernández nunca más se supo”,  “¡Ay que risibilidad me dan las cosas risibles!”, “La punzada…¡me troncha!”,”A mí me gustó, ¿a ti te gustó?”…

Todo el mundo se sabía de memoria la sintonía con la que se iniciaban sus programas acompañada por su incomparable musical silbido : “yo soy el Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos, yo soy el Zorro, señoras, señores, de mil amores voy a empezar”.

                                          http://www.youtube.com/watch?v=c0RrdlMQ_Ts

Fue galardonado con la Medalla de Oro al Arte Humorístico por parte del Círculo de Bellas Artes de Madrid, así como con el primer Premio Ondas de radio, otorgado, en 1954, al mejor artista internacional del año.

Su manera de hacer reír se basaba fundamentalmente en su expresión lingüística, por este motivo no pudo adaptarse al reto de la televisión cuando ésta llegó a España.

Actuó en el programa Gran Parada, de gran difusión, pero no le acompañó la fortuna por los motivos anteriormente expuestos.

Durante su estancia en Europa trabajó en televisión en Portugal, Francia e Italia.

Regresó nuevamente a Argentina, donde recuperó parte de su popularidad durante los años 1970/80.

                                      

Con motivo de la celebración de su cuarenta aniversario en el mundo del espectáculo, el 23 de mayo de 1977 se le rindió a Pepe Iglesias un emotivo homenaje en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires, donde se proyectó la película “Avivato”.

En el programa radiofónico “Súpershow” que se emitía las mañanas de los sábados del año 1980 por Radio Belgrano de Buenos Aires, presentó un revival de  personajes suyos, como por ejemplo “Jesús y Curra” y  “Comandante Caruso”, entre otros.

En el Canal 13  de Buenos Aires,  los sábados a las 21 horas del año 1981, hizo programas televisivos como “Peperrisas” y “Service de humor”, donde Pepe Iglesias interpretaba papeles de gran éxito como “Los Polonios” (junto al “Sapo” Cativa) y “La Señora Por Hora”.

              

En ese mismo año fue premiado con el Diploma al Mérito por la Fundación Konex.

A partir del año 1985, dado su precario estado de salud, cuando Pepe Iglesias aparecía en televisión, era porque le invitaban para ofrecerle un homenaje.

Posteriormente fue espaciando sus espectáculos hasta su definitiva retirada.

Su última actuación en radio se produjo en 1988 en Radio América, en el programa “Dándonos la mano”. Se trataba de un programa de radio que se emitía de lunes a viernes de 9,30 a 10,30, concebido para ayudar a los actores  que se hallaban en circunstancias de desocupación.

Pepe Iglesias declaró, en agosto de 1988, al periódico Clarin: “Siempre sentí la obligación de colaborar de esta forma. Con ello pretendo ayudar al necesitado, en compensación por todo lo que yo he recibido”.

Y en octubre de 1988 Clarin Revista publicó: “Los artistas nacimos para estar en contacto con el público y sin ese vínculo nos vamos extinguiendo poco a poco. No hay mayor felicidad que la de trabajar, aunque sea gratis, porque necesitamos el calor del aplauso”.

Entre otras distinciones, recibió en 1989 el “Cóndor de Plata” a su trayectoria profesional y el “Cámara Pathé” por su extraordinaria aportación al cine argentino.

Pepe Iglesias, el genial “Zorro”, nos dejó el 4 de marzo de 1991 en Santiago de Chile, a los 76 años de edad, víctima de una afección cardíaca mientras visitaba a su hija en compañía de su última esposa Alicia Agulló.

Trasladado a Buenos Aires, sus restos mortales descansan en el Panteón de Actores del cementerio de La Chacarita donde, por expresa voluntad de Pepe Iglesias, reza el siguiente epitafio:

                                                                  – Hizo reír al mundo –   

                                                               Pepe Iglesias “ El Zorro”

Justamente en este mes de marzo se cumplen 23 años de la desaparición de este singular artista.

Sus inolvidables  personajes radiofónicos, todavía hoy, me trasladan a la época del “racionamiento” de nuestra posguerra, a sus películas con simpático acento porteño y a la llegada de la televisión en blanco y negro.

Con esta resumida semblanza, quiero rendir homenaje al actor que, con su sano humor, me hizo pasar inolvidables momentos en mi niñez.

                                           Pepe Iglesias “El zorro”

                                   -Un porteño para la eternidad-

                                                   
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A Mª EUGENIA EN SU DÍA…

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images (2)     ¡ FELIZ CUMPLEAÑOS ! …

Cuando pienso en Argentina me invade la nostalgia.

Desde mi Catalunya del alma debo confesar que en pocos lugares me han tratado tan bien y me he sentido tan a gusto como en mi inolvidable Buenos Aires.

A la “Reina del Plata” la  llevaré siempre en mi corazón porque, como reza el refrán, “de bien nacido es ser agradecido”.

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Hoy 14 de febrero, día de los enamorados y cumpleaños de mi porteña y “catalana” esposa Mª Eugenia, siento la ineludible necesidad de dedicarle a ella,  y a todos mis familiares y amigos argentinos, algo que sin duda les va a  “sonar”.

Mi esposa, según sus propias confesiones, empezó a  amar a Catalunya, sin conocerla,  a través de las canciones de nuestro querido y admirado cantautor Joan Manel Serrat “el nano”,  “el noi del Poble Sec”.

                                                              http://www.youtube.com/watch?v=W-KPtIvpOE8

Yo me sentí atraído por Buenos Aires desde muy pequeño cuando escuchaba a mi madre cantar los tangos del gran Carlos Gardel.

                                                     http://www.youtube.com/watch?v=250Z3DN1by4

Después de 24 años residiendo en Barcelona Mª Eugenia habla español con su, casi desaparecido, delicioso acento porteño y además se expresa en catalán con absoluta perfección y naturalidad.

Jamás tuvo problemas en nuestra hospitalaria Catalunya, por razones de entendimiento, con cualquiera de los dos idiomas.

Sirva esto de ejemplo y reflexión para todos los que tratan de  crear polémica, donde no existe, con el único ánimo de lucrarse del río revuelto de una política putrefacta, como se viene demostrando, creada a la medida de sus propios intereses electoralistas…

Con el concierto desde Argentina, del año 2003, “Versos en la boca” del gran Joan Manel Serrat , del que nadie podrá negar su catalanidad, deseo expresar también la mía y la de mi mujer.

Dedicado a  Mª Eugenia, en el  día de su cumpleaños, y para todos los que creen en el amor…

                                      http://www.youtube.com/watch?v=1zMfB0G1z_8&list=RDGMbkbhF-W_s

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Joan Manel Serrat canta en español al pueblo argentino, con el mismo respeto con que lo ha hecho cuando visita otros países donde no se conoce el idioma catalán.

Desde esta noble tierra, hacemos lo propio con todo aquel que nos visita, porque así nos lo han inculcado desde la cuna y porque somos un pueblo generoso y respetuoso para quienes nos honran con su presencia.

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Indistintamente nos expresamos en catalán o español, sin prejuicios ni tabúes.

En Catalunya no solamente hablan en catalán las personas que lo han mamado desde el pecho materno.

También lo hace muchísima gente,  que llegada de diferentes puntos de nuestra amplia geografía,  se sienten integrados e identificados con este pueblo que les acogió y adoptó con los brazos abiertos.

De ello puede dar buena fe mi esposa Mª Eugenia.

¿Por qué nos empecinamos, entonces, en complicarnos la vida tratando de encontrar fantasmas donde no existen?  

¡Con lo fácil que es vivir y dejar vivir!

Como reza el refrán:  “ A buen entendedor con pocas palabras basta”…

Y como decía mi padre : “Para que a uno se le entienda tiene que escribir claro y con buena letra”…

Espero que se me haya entendido.

¡Imaginemos un mundo de amor!  

                                                               http://www.youtube.com/watch?v=DVg2EJvvlF8
Fotos día de los enamorados                    (Clikar en los enlaces)1535680_748122495217278_199326601_n

JOAN CAPRI, EL REY DEL HUMOR CATALÁN

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                                                           Joan Capri, el rey del humor catalán

Con sus siete hermanos vivió su infancia en un pequeño piso del barrio gótico de Barcelona.

Amaba la parte antigua de la ciudad y de hecho  residió toda su vida allí.

                                      

Decía siempre, bromeando, que cuando salía del término municipal de Barcelona ya solía cantar L’emigrant  (El emigrante).

Fue un pésimo estudiante.

Empezó trabajando como aprendiz en un periódico, vendiendo legumbres en un mercado y haciendo otras cosas poco significativas.

No obstante, su gran sentido del humor y su facilidad para hacer reír le hicieron muy popular entre las gentes de su entorno y ello le facilitó sus inicios en el teatro.

Joan había manifestado en varias ocasiones que se  había dedicado al teatro porque no servía para hacer nada más.

Entre los años 1960/80  destacó especialmente como humorista y monologuista .

Sus intervenciones en teatro, cine, radio y televisión hicieron de Joan Capri uno

de los más famosos y reconocidos actores catalanes del pasado siglo.

Se dio a conocer en el teatro con la obra “Camarada Cupido”, de Xavier Regás, a principios de los años cincuenta.

Se trataba de una interpretación en la que tenía que actuar durante un par de minutos.

La escena terminó superando la media hora y haciéndose famosa.

A partir de este momento, sin abandonar las obras convencionales, Joan se especializó en los monólogos.

Estudiaba en todo momento la reacción y el comportamiento de las gentes para componer sus argumentos, usando un lenguaje muy popular y cercano al ciudadano catalán.

Fue, por antonomasia, un humorista desde la cuna. El típico payaso que no ríe jamás, pero que vuelve locos de risa a todos los bichos vivientes que campan por su alrededor.

Según las circunstancias su voz se convertía en la de un tierno infante o la de un viejo cascarrabias.

En una ocasión su representante y amigo Carles Lloret i Soler dijo de Joan Capri:  “No es ni bueno ni malo, simplemente es un fenomenal actor”.

Trabajó en teatro, cine y televisión, en obras tan representativas como “El senyor Perramón”, “El fiscal Requesens” (escritas ambas a medida para él por Josep Mª de Sagarra),  “Romeu de 5 a 9”,  “El nas d’en Cyrano”, “Un metge imaginari ”, “Don Juan Tenorio” , “En Baldiri de la costa ” y tantas otras.

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El teatro Romea de Barcelona fue testigo de sus éxitos y, sin duda, el escenario donde más veces actuó.

                             

Compartió tablas, entre otros actores y actrices, con Joan Pera y con los ya tristemente desaparecidos Carles Lloret, Mary Santpere y Mª Matilde Almendros.

                                                                                

                                                                                                                 

A finales de los años setenta Joan Capri se retiró de la escena quedando su imagen medio olvidada.

Sin embargo, en 1980 resurgió, de nuevo avasalladora, su figura dando vida al popular y entrañable Doctor Caparrós.

           

             Quien no recuerda su famosa frase: “¡Ai, caray!”

              Nadie la pronunció con mayor gracejo.

            

 

Junto a Mª Matilde Almendros, Carles Lloret y un  jovencísimo Joan Pera, esta serie que se emitió por el circuito catalán de Televisión Española batió el record de audiencia en todos los hogares.

 

              

 

En la trayectoria artística de Joan Capri sería injusto obviar sus 22 inolvidables monólogos, una magistral antología cuya recopilación  fue editada en diciembre de 1997 por la Sociedad General de Autores y Editores de España (SGAE), de la sección catalana, en un disco titulado “El millor de Joan Capri ” (Lo mejor de Joan Capri).

 

 

David Escamilla, hijo del popular locutor y presentador radiofónico Salvador Escamilla, publicó en abril de 1998 un libro titulado “Capri t’estimem” (Capri te queremos), que viene a ser un relato de su vida artística.

 

 

En 1982 le fue concedida la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya y en el año 1997 la Medalla de Oro al Mérito Artístico por parte del Ajuntament de Barcelona.

El Festival de Pallassos de Cornellà, en el año 1998, le rindió un homenaje por su tradición profesional.

Joan Capri nos dejó el 4 de febrero de 2000, a los 82 años de edad, víctima de un fallo cardíaco.

Ingresó, cuatro días antes, en la Unitat de Cremats de l’Hospital de la Vall d’Hebrón con graves quemaduras, causadas por un  un cortocircuito en su domicilio de Barcelona.

 

 

En el barrio de Santa Caterina de la ciudad condal una plaza con su nombre nos recuerda a este humorista catalán irrepetible.

 

               

 

En homenaje al inigualable artista, el genial actor Joan Pera, compañero de escenario de Joan Capri en muchas de sus representaciones, estrenó en 1982 la obra “Joan Pera, Capri”  basada en sus inolvidables monólogos.

                                   

                                                                     JOAN CAPRI …   Ai, caray !!!        

                                          

UNA PRIMAVERAL MAÑANA DE OTOÑO …

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UNA PRIMAVERAL MAÑANA DE OTOÑO …

Como de costumbre, a las 8 horas suena el despertador. Me levanto de la cama, me aseo, me desayuno con un par de piezas de fruta y un vaso de leche, y me dispongo a efectuar mi habitual paseo por las calles y parques de mi querida Barcelona.

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Antes, me asomo por la ventana del dormitorio que da a la terraza exterior para comprobar la temperatura en el termómetro instalado en la pared.

Son casi las 9,30 y el mercurio del termómetro señala 19 grados.

¡Increíble para la época del año!

Una mañana excepcional. Parece como si el otoño de los primeros días de diciembre nos  hubiera querido regalar un primaveral día de mayo.

Caprichos de la meteorología.

Sin embargo, pienso, eso no sucedía antes. La climatología se ajustaba a la llegada  de las estaciones  con la precisión de un reloj suizo. Las primeras flores de la primavera impregnaban la ciudad de un aroma especial, que auguraba la llegada del  solsticio de verano, siempre caluroso.

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El nostálgico octubre cubría con su alfombra de hojas muertas las calles de la ciudad, anunciándonos puntualmente que dos meses después recibiríamos la visita del siempre gélido solsticio de invierno y, con él, la fiesta más tradicional y entrañable del año, Navidad.

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Bajo un frío de solemnidad propio de  la época la gente, según sus posibilidades, celebraba en familia los días que van desde el nacimiento del Niño hasta la Epifanía de los Reyes Magos,  preparando con gran esmero y cuidado el tradicional Belén y cantando los populares villancicos.

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Afortunadamente, por aquel entonces el mercantilismo americano, con los personajes de Santa Claus y Papa Noel al frente, todavía no había alterado los hábitos de consumo en nuestros hogares.

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Los niños vivían sumidos en una burbuja de ilusiones. Preparaban la carta para sus Majestades los Reyes Magos de Oriente y se iban a dormir muy temprano la noche del día 5 de enero.

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Al despertar, corrían raudos a comprobar si sus Majestades habían obrado el milagro de  complacer sus peticiones.

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Ni Charles Dickens podía mejorar, en sus cuentos,  la ilusión y la magia de aquellos crudos pero entrañables día de invierno.

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Pero claro, eran otros tiempos. Mi cuerpo serrano no había cumplido los setenta y pico de años de los que, hoy día, puedo enorgullecerme ante la gente de mi generación. Es una gran suerte y doy gracias a Dios por haberme permitido llegar a esa edad.

Sin embargo muchos ya  se creen viejos, palabra que odio pues sólo se pueden considerar viejos a los muebles inservibles, o a todo aquello que va a parar al trastero porque ya no sirve para nada.

Los seres humanos, en mi opinión, pasamos de la infancia a la juventud y de ésta a la madurez hasta hacernos mayores, pero jamás viejos.

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Es más, yo añadiría que ser mayor, ó “viejo”, es un atributo del que no todos pueden alardear. Muchos, desgraciadamente se quedan en el camino.

Ser mayor significa un plus en la vida: familia, amor, trabajo, esfuerzo, entrega, sacrificio, sabiduría, comprensión, experiencia, y muchísimas más cosas.

A veces creo que cuando realmente valoramos a nuestros mayores es precisamente cuando nosotros pasamos a formar parte de ese privilegiado grupo, aunque desgraciadamente, por ley de vida, la mayoría de ellos ya no lo puedan compartir a nuestro lado.

Me parece justo y merecido que, por lo menos, les mantengamos presentes en nuestro recuerdo y no se queden en el frustrante olvido pues, para bien o para mal, desde que brotaron las raíces de sus antepasados, seremos siempre ramas de ese árbol.

Hasta hace muy poco tiempo tampoco me gustaba la palabreja “abuelo”,  pues de la misma manera que yo a un nieto mío jamás le llamaría así, al dirigirme a él, sino que lo haría por su nombre,  entonces lo normal  y en justa reciprocidad  es que él hiciera lo propio conmigo,  “ Hola, David ¿cómo van tus estudios?.. Estupendamente, Joan Manel,  aprobé todo”.

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Con todos mis respetos, para las gentes de las diferentes regiones que utilizan  para sus mayores el tratamiento de abuelo, yayo ó avi, yo siempre insistí en que prefería que David me llamara por mi nombre, Joan Manel, en lugar de abuelo.

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Sin embargo, es extraordinario cuán volubles somos los humanos, todavía ignoro el cuándo y el por qué en un momento reciente de mi vida empecé a convencerme a mí mismo de que la palabreja “abuelo” para un niño era algo más que  ese terrible tratamiento que a mí nunca me gustó.

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¿Por qué habré tardado tanto tiempo en comprender que para un nieto la palabreja “abuelo” significa: amor, sabiduría, clarividencia, madurez, experiencia, reflexión, entretenimiento?…

Sin duda son circunstancias que en algún momento se dan en nuestras vidas, lo que hoy nos parece blanco mañana es posible que nos parezca gris. Pero por ello, con el debido respeto para los demás, no tenemos por qué dejar de defender nuestras creencias.

Después de esta particular reflexión, hecha para mis adentros, no sería justo resistirse ni retrasar mi paseo matinal.

Imperdonable no dejarse acariciar por el tibio sol que nos obsequia esta primaveral mañana del otoño barcelonés.

He viajado por medio mundo y he tenido la suerte de conocer lugares bellísimos, pero ninguno como mi ciudad, a la que amo, admiro y no cambiaría por ninguna otra.

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Entre tanto mi querida, admirada y dormilona esposa continúa en su letargo hasta las 10 horas de la mañana, más que menos.

Ella dice que dormir es fuente de vida. Yo no opino lo mismo, pero, me remito al dicho popular, “cada loco con su tema”, y todos  felices.

Antes de salir a la calle doy una última mirada al espejo del recibidor. Siempre me gustó ir presentable. Mi pronunciada calvicie me recuerda que no hace mucho tiempo todavía peinaba con cuidado y suma delicadeza el resquicio de mis últimos cabellos canosos.

Me acomodo en la cabeza una moderna gorrita al estilo de los jugadores de béisbol americano y me lanzo al sano vicio de mi periplo matinal.

Al descender del ascensor, Manolo, el conserje del inmueble, me saluda como de costumbre, al tiempo que me abre la puerta que desde el vestíbulo conduce a la calle.

¿Qué tal, señor Joan Manel? ¡Hermoso día para cumplir con la rutina de su paseo!

Pues sí, Manolo, le respondo, hay que aprovechar esta primaveral mañana de otoño.

Apenas camino cincuenta metros y una voz quemada por el alcohol y el tabaco me sorprende a mi espalda. Buenos días, Joan Manel, ¡vaya partidazo jugó ayer el Barça!,  ¿lo vio usted por la televisión?  Sí, Enric, y disfruté como hacía mucho tiempo que no lo hacía. ¡Menudo baño le dimos a esos fanfarrones ingleses!

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Enric es un vecino del barrio que posee una ferretería junto al kiosco de la esquina y al que hace poco tiempo se le murió la esposa después de una larga y penosa enfermedad. Aunque al parecer está logrando superar el doloroso trance, ha decidido traspasar el negocio y jubilarse. Se lo merece, ha trabajado mucho toda su vida.

Me despido de Enric con un ¡hasta luego, me alegro de verle! al tiempo que vuelve a mi mente el encanto de esta primaveral mañana de otoño.

Saco del bolsillo superior de mi chaqueta mis gafas de sol. Hoy las voy a necesitar.

Siempre que las utilizo me hago la misma reflexión: “tengo que pasar por la óptica para que me ajusten la varilla derecha, que anda un poco suelta”

Mientras, voy enfilando la recta de mi calle en dirección a la plazoleta ajardinada donde, dependiendo de las estaciones climatológicas del año, suelen reunirse a tomar el sol o la sombra, todo tipo de gentes.

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Rodeada de árboles y plantas, acuden a ella personas mayores y mamás que llevan a sus niños a jugar al parque infantil existente en el centro de la plazoleta.

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Algunos ancianos acuden, en sus sillas de ruedas, acompañados de sus asistentas, casi siempre sudamericanas, para reunirse con amigos y/o conocidos que, hallándose en situación similar, comentan chismes e historietas que les ayudan a compartir su tiempo de ocio.

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Entrando en la plazoleta diviso al altísimo e impresionante ciprés que me hace recordar siempre  la bellísima Toscana italiana.

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Junto a él se alza un frondoso castaño que, desde el interior de sus ramas, ¡cuántas veces me ha ofrecido sus tenues rayos de sol y las caricias de su sombra!

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Mi mirada busca la parte inferior del castaño y ¡qué suerte! mi banco está  vacío. Es el banco en que suelo sentarme casi siempre para reposar y poner en orden mis pensamientos.

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Como en otras ocasiones hoy también será mi lugar de descanso.

En la plazoleta conviven gorriones, palomas y cotorritas pampeanas. Estas últimas son una verdadera plaga. Llegaron hace algunos años desde la pampa argentina y hoy son legión.

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Me encantan las cotorritas pampeanas…

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 Son unos pájaros simpáticos, inteligentes  y rápidos. Es muy raro ver a las cotorritas volar en solitario. Suelen hacerlo como mínimo en parejas. Su único defecto es que son terriblemente escandalosas.

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Una señora, apoyándose en su bastón, llega lentamente hasta uno de los bancos que se encuentran frente al mío y, después de saludar muy educadamente a otras dos señoras que lo ocupan, se sienta junto a ellas.

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Después del  saludo de rigor empiezan a contarse sus novedosas y aburridísimas noticias: “ que si el médico me ha cambiado la pastilla de la noche, que si mi nieto no quiere estudiar, que si ayer me enfadé con mi yerno…” y así una y otra vez.

Todo el mundo tiene el derecho de hablar y tratar los temas que consideren oportunos, pero volviendo a las tres señoras del banco  de enfrente al que yo ocupo, pienso que les falta originalidad.

¡Con todo lo que ocurre diariamente en el mundo! … 

¡Buenos días  señor Joan Manel! ¿Qué tal, aprovechando esta primaveral mañana de otoño?

Pues sí, le respondo a Pepe, hoy vale la pena disfrutar de este lujoso día que nos brinda la madre naturaleza.

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Y usted ¿qué me cuenta Pepe?

Pocas cosas, señor Joan Manel. Hoy, además de regar, me han encargado recortar los setos del jardín de la plazoleta, y en eso estamos.

Pues nada, Pepe, le deseo una buena jornada de trabajo, por lo menos hoy la temperatura es muy agradable y no ha sido necesario pasear al paraguas, como otros días.

Pepe es un buen hombre. Está empleado en el Ajuntament y desde hace algunos años se encarga  de la conservación y mantenimiento de los jardines del barrio.

Uno, desde su banco, va observando todo lo que sucede en su entorno.

Resulta muy divertido y entretenido ver cómo y  de qué forma se comporta y reacciona la gente ante una misma situación.

En ocasiones, dejándome acariciar por las sombras, desde este mi particular paraíso, he pensado que más de un escritor, director de cine ó guionista, habrá sentado sus posaderas en el banco de una plazoleta similar a ésta para estudiar a las gentes, sus situaciones, sus comentarios, su comportamiento y sus hábitos, para después plasmarlo en sus películas.

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La seducción del frondoso castaño y la bondad de esta primaveral mañana de otoño me envuelve en su letargo.

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Noto una tenue pesadez en mis ojos. Una agradable somnolencia.

De pronto alguien se sienta a mi lado y me saluda con voz varonil. ¡Buenos días, caballero!

 ¡Buenos días!, respondo. 

Verá usted, añade, estaba paseando por aquí, en esta primaveral mañana de otoño y al observar esta coqueta  plazoleta se me ocurrió sentarme en este banco, por supuesto si a usted no le molesta.

¿Y por qué iba a molestarme?, le respondo. Hay sitio de sobra y además Barcelona es de sus ciudadanos y de todos cuantos la visitan.

 Muchas gracias señor, me replica amablemente.

Tras unos segundos de silencio mi anónimo y educado vecino rompe el fuego: ¿vive usted en este bonito barrio?

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Pues sí, desde hace bastantes años. ¿Usted también es de por aquí?  No, me responde. He venido a visitar a mi hermano Eugenio, al que hacía muchos años que no veía.

Mi interlocutor después de una pequeña pausa continúa: ¿sabe usted? cuando lo vi casi no lo reconocí ¡han pasado tantos años! El tiempo no perdona.

Y él, pregunto curiosamente, ¿se acordaba de usted?

 Pues al parecer sí, en cuanto me vio, responde con una media sonrisa de satisfacción.

Nuestros caminos han transcurrido por senderos muy diferentes.

Sabe, la historia de mi vida parece sacada de una increíble telenovela.

Por cierto, señor, mi nombre es Ricardo ¿y el suyo?

El mío es Joan Manel, le respondo, y es un placer estar conversando con usted, señor Ricardo.

Por favor, de señor Ricardo nada. Además, si le parece, podríamos tutearnos porque, si no me equivoco, ambos hemos superado sobradamente los setenta, por lo menos yo, Joan Manel, estoy a punto de romper la barrera de los ochenta.

Claro que sí, Ricardo, respondo, me parece una idea genial.

Curiosamente, te lo iba a proponer yo.

De pronto se hace un silencio que, de nuevo, mi curiosidad interrumpe.

Ricardo, me has dejado intrigado con la expresión “telenovela” con que has calificado la historia de tu vida.

Una sonrisa socarrona ilumina el rostro de Ricardo. Pareciera como si estuviera esperando mi comentario disfrazado de curiosidad.

Verás, Joan Manel, no quisiera arruinarte esta primaveral mañana de otoño contándote  mi culebrón.

Por favor, Ricardo, no sabes cuánto me encantaría.

Pues ya que insistes, Joan Manel, allá va.

Yo soy natural de un pueblecito de Lugo, cercano a Monforte de Lemos, por lo tanto soy gallego.

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Mis padres eran unos humildes labriegos que con innumerables  esfuerzos pudieron costearme los estudios.

Cuando yo tenía diez años nació mi hermano Eugenio.

Ricardo pasea su mano por la despoblada calva de su cabeza, tratando de extraer de ella los lejanos recuerdos de su niñez.

Emite un largo suspiro y prosigue. Verás, Joan Manel, como bien sabrás, en aquellos años los padres soñaban con que sus hijos varones fueran médicos ó curas.

Mi madre estuvo cuidando durante muchos años la casa donde vivía Don Amador, por aquel entonces cura párroco de la parroquia de un pueblecito cercano al nuestro.

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Ricardo hace un inciso que aprovecho para intervenir: ¡No me digas que Don Amador convenció a tus padres para que siguieras sus pasos y colocaras tu cuerpo dentro de una sotana!

Un asentimiento de cabeza por parte de Ricardo responde a mi pregunta.

Y tú, Ricardo ¿cómo reaccionaste?

Pues no te lo sabría explicar muy bien, Joan Manel.

En aquellos tiempos ser cura en Galicia, región tradicionalmente arraigada a la Iglesia, no me pareció ni bien ni mal, sino todo lo contrario.

 Ricardo esboza una sonrisa.

De todos modos cuando me quise dar cuenta ya me encontraba en un seminario de Orense, a punto de ser ordenado sacerdote.

A los dos años de entrar en el seminario recibí una carta de mi familia en la que me comunicaban que las cosas en el pueblo se habían complicado mucho.

Después de mucho meditarlo, mis padres junto a mi hermano Eugenio y otros dos matrimonios, habían decidido emigrar a Uruguay, concretamente a Montevideo, donde al parecer tenían muchas posibilidades de trabajar y labrarse un porvenir.

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Ricardo hace una pausa y mirando su reloj de pulsera apostilla: Joan Manel, son las doce y media ¿a ver si te estoy aburriendo con este tostón y tú tienes gestiones que hacer por ahí?

Pero Ricardo, le respondo, ¿qué cosas dices?  No tengo absolutamente nada que hacer y además me lo estoy pasando fantásticamente. Me tienes en ascuas, si no te importa continúa con tu relato.

Gracias, Joan Manel, pero es que no quisiera hacerme pesado. Nos hemos encontrado hace un momento y parece que nos conozcamos de toda la vida.

Es curioso, Ricardo, a mí me sucede lo mismo.

Ricardo se toma una pequeña pausa que aprovecha para cambiar la posición de sus piernas, cruzándolas de nuevo, pero en sentido contrario a como las tenía.

Con 27 años, prosigue, me ordenaron sacerdote. Fui destinado a la parroquia de un pequeñísimo pueblo de la provincia de A Coruña de nombre O Pazo.

Más que de un pueblo, se trataba más bien de una aldea con nueve o diez casas.

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La que yo habitaba se encontraba junto a la iglesia y a espaldas  del cementerio.

Mi trabajo consistía en oficiar misa los domingos y festivos. Poco trabajo más tenía que hacer.

De vez en cuando me llamaban para asistir a algún enfermo.

En ocasiones acudía a la convocatoria de mis superiores en el Obispado de Santiago de Compostela, para tratar temas relacionados con la parroquia.

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Planté un huerto junto a los terrenos de la iglesia con la única intención de entretenerme, ya que todo lo que producía aquella generosa tierra se lo entregaba a la gente pobre de la aldea y alrededores.

Para desplazarme por los lugares tenía una vieja bicicleta que me regaló Pepiño, un vecino de O Pazo. Estaba muy destartalada, pero como lo que me sobraba era tiempo, poco a poco la fui arreglando.

La mayoría de los habitantes adultos de la aldea y alrededores eran analfabetos, por lo que me las ingenié, con muchas dificultades, para habilitar una pequeña aula en un viejo caserón abandonado.

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No sabes, Joan Manel, el trabajo que me costó  obligar a aquella pobre gente adulta a que asistiera a clase diariamente un par de horas.

Gracias a Dios, bastantes de ellos aprendieron por lo menos a leer y escribir.

Le interrumpo intencionadamente para darle un respiro, que intuyo necesita.

Te felicito, Ricardo, para hacer esos trabajos es necesaria una gran dosis de liderazgo.

No creas, Joan Manel, pienso que en aquellos difíciles momentos fue más capacidad de sacrificio que de liderazgo.

 Piensa que yo por entonces era un hombre, mejor dicho un cura,  aunque ambas cosas sean difíciles de separar, joven, alto, con mucho cabello, apuesto, buen comunicador y según se comentaba, muy seductor con todo el mundo, hombres, mujeres y niños.

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Con lo cual no me resultaba excesivamente difícil convencer a la gente.

De pronto,  junto a nosotros un niño aparece con una bolsita de plástico entre sus manos. Nos mira fijamente sonriendo, al tiempo que extrae de la bolsita unas migajas  de pan que distribuye por el suelo.

Al instante acuden unas cotorritas  revoloteando y llevándose en el pico las migajas que les va tirando el niño.

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¿Qué te parece Ricardo? ¡Qué bello espectáculo!

En efecto, Joan Manel. Compartir es vivir.

Escolarizaste a los adultos y luego Ricardo, cuéntame ¿qué más?

El resto, Joan Manel, me resulta muy difícil de relatar, es quizás la parte más cruel y escabrosa de mi vida, pero ahí voy. Tú lo has querido…

Como te comenté antes, es prácticamente imposible separar a un sacerdote del hombre que lleva dentro y yo no fui una excepción.

De entre todas las rapazas de la aldea destacaba una, Maruxa, sin duda la más hermosa de todas.

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A Maruxa la habían elegido para que, una  o dos veces a la semana, viniera a mi casa a traer mi ropa lavada y planchada, así como a barrer y limpiar.

Normalmente, cuando ella venía yo no solía estar, pero en alguna ocasión sí habíamos coincidido.

Empezamos a hablar y más tarde a tontear, ya sabes…  El roce hace el cariño y cuando se prende fuego a la leña, ésta arde.

Poco a poco y casi sin darme cuenta, se despertó el hombre que había dentro de mi sotana y cuando quisimos poner freno a nuestra pasión ya fue tarde.

Maruxa y yo nos enamoramos profundamente, hasta el punto que cuando ella no podía venir a verme durante el día se escapaba de su casa y lo hacía por la noche.

A los pocos meses Maruxa me sacudió el alma con una noticia: “Padre Ricardo, estoy embarazada”.

Imagínate la noticia, Joan Manel.

El cura ejemplar de la parroquia de O Pazo había dejado embarazada a una de sus feligresas…

“El pastor había preñado a una de las ovejas de su rebaño”.

Después de pasar largas noches sin dormir llegué a la conclusión de que yo no merecía ser sacerdote. Es más, estaba convencido de que no quería serlo y  de que quizás no lo había deseado ser nunca.

Inmerso en esa vorágine de dudas, recibí una carta de mi hermano Eugenio en la que me comunicaba el fallecimiento de mi padre.

Además mi madre, ya delicada en los últimos años, había empeorado a raíz del deceso.

Noto la emoción en las palabras de Ricardo… Le doy un golpecito en el hombro, que me agradece.

No te preocupes, Joan Manel, estoy bien, lo que sucede es que hace muchos años que no desempolvaba esta etapa de mi vida.

Noto como la emoción se adueña de la voz de Ricardo.

Tomando a Maruxa entre mis brazos le dije: he sido un irresponsable a los ojos de Dios y de la Iglesia.

No puedo involucrarte  en este escándalo, voy a solicitar a mis superiores la dispensa de mi obligación al celibato para que se  me conceda la licencia eclesiástica necesaria para abandonar los hábitos.

Por ti, por mí y sobre todo por nuestro hijo que viene en camino, debemos formar una familia.

Entre tanto abandonaré O Pazo y viajaré a Montevideo donde residen mi madre y mi hermano Eugenio.

Estaremos en contacto y tan pronto como se solucionen las cosas, te juro por lo más sagrado que regresaré para reunirme contigo y con nuestro hijo.

Maruxa, le dije antes de partir hacia Montevideo, si es un niño me gustaría que le pusieras de nombre Ricardito, como yo.

 Si fuera una niña ponla de nombre,  Maruxiña, porque será tan bonita como tú.

La despedida, como no puedes imaginarte, Joan Manel, fue una de las escenas más dolorosas por las que he pasado en mi vida.

Abandonaba mi tierra, mi país, dejando en él a la mujer que amaba y al fruto del pecado que llevaba en sus entrañas. A mi hijo.

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A los pocos meses de llegar a Montevideo recibí desde O Pazo un telegrama estremecedor, como si de un castigo divino se tratara.

Padre Ricardo, por problemas en el parto lamentamos comunicarle el fallecimiento de Maruxa y del bebé.

Así de escueto y sencillo rezaba el comunicado. Tampoco era necesario nada más.

Bastó esa sencilla frase, para terminar con todas mis ilusiones.

Dios me había castigado ¡pero de qué forma!

Jamás le perdoné, ni le perdonaré, tamaña crueldad.

Por otra parte nunca supe, ni quise saber, si el bebé que acompañó a mi querida Maruxa a traspasar el umbral del más allá fue Ricardito o Maruxiña.

Este luctuoso suceso nos afectó a todos pero de forma muy especial a mi madre, a la cual por supuesto le había contado previamente toda la historia.

Tanto es así que a los dos meses ella, mi madre, también dejó este mundo para reunirse  con sus antepasados.

Ricardo se quita las gafas, limpiando sus cristales con reverencia eclesiástica.

Después, de forma muy parsimoniosa, introduce su mano en  el bolsillo izquierdo de su chaquetón azul marino, sacando del interior con gran esmero y cuidado un pañuelo.

Mira, Joan Manel, antes de producirse el fallecimiento de Maruxa, mi madre, ya muy deteriorada físicamente, bordó en Montevideo, este pañuelo con las iniciales R de Ricardo y M de Maruxa, para que yo se lo entregara a Maruxa, en el caso que ella, mi madre, no pudiera llegar a hacerlo…

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¡Pobre mamá!  Desgraciadamente así fue. Nunca llegó a conocer ni a Maruxa ni al bebé.

¿Qué te parece Joan Manel?  ¡Ese  pedazo de tejido algodonoso contiene el cariño y la comprensión de una madre hacia la mujer que, por capricho del azar, convirtió a su hijo Ricardo en un pecador! 

Este trozo de trapo, transformado en pañuelo por obra y arte del amor, lo confeccionó mi madre poco antes de morir, para Maruxa, la madre que iba a darle su primer nieto.

La futura esposa del hijo que, por amor, había abandonado los sagrados hábitos del sacerdocio.

El destino quiso que ese pañuelo nunca llegara a las manos de Maruxa, como hubiera deseado mi madre.

¿Comprendes ahora por qué me cuesta tanto hablar de mi pasado, Joan Manel?

Naturalmente, Ricardo, y te admiro por ello.

Ricardo, cuéntame ¿qué sucedió con tu vida y con la de tu hermano?, ¿regresásteis a España, permanecisteis  en Montevideo?

Por resumírtelo de forma muy breve, Joan Manel, mi hermano empezó a salir esporádicamente con una muchacha catalana, de nombre Roser, cuyos padres Albert y Montse, como en su día los míos, habían viajado desde Barcelona hasta  Montevideo en busca de la “tierra prometida”.

Tras casi un año de novios, Eugenio contrajo matrimonio con Roser, ahora mi cuñada, y junto a sus padres, al poco tiempo, se trasladaron a la localidad costera y eminentemente turística de Punta del Este.

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 Punta del Este, en Uruguay, es un lugar donde, todavía hoy, suelen desplazarse los argentinos acomodados, sobre todo los que residen en Buenos Aires, para pasar allí  sus vacaciones o fines de semana.

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No hay que obviar que desde el puerto de Buenos Aires en Argentina, hasta Colonia, en Uruguay, se emplean sólo dos horas en barco.

 Tu hermano Eugenio y su mujer ¿no tienen hijos? le inquiero a Ricardo mientras me quito un par de hojas que han volado hasta mi pantalón.

No, no tuvieron hijos. Roser tuvo dos abortos. No pudo ser.

 Los padres de Roser invirtieron sus ahorros conseguidos en España en una bonita tienda de comestibles, que al parecer les funcionó de maravilla.

Tanto es así que Albert y Montse, con ese esfuerzo del  que siempre han hecho gala los catalanes,  al poco tiempo ya habían ampliado el negocio.

Ricardo se toma una pequeña pausa y prosigue.

Pero las desgracias nunca llegan solas, la mala suerte también se cebó en mi hermano Eugenio y mi cuñada Roser.

Albert y Montse, los padres de Roser, sufrieron un mortal accidente que les costó la vida cuando un fin de semana se dirigían en automóvil desde Punta del Este a la importante población turística de Piriápolis.

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En Piriapólis iban a firmar un interesante contrato de colaboración con una prestigiosa cadena de comercios de alimentación.

Tras un pequeño inciso, Ricardo continúa. Como podrás comprender, Joan Manel, ese duro golpe hizo mella en Eugenio y Roser.

Mi hermano y mi cuñada tuvieron que preocuparse y ocuparse de toda una serie de asuntos burocráticos relacionados con la herencia.

Durante un tiempo tuvieron que dejar la marcha de los negocios en manos de empleados más o menos cualificados, y como reza el refrán: “cuando el gato se ausenta, los ratones bailan”.

Tanto bailaron los ratones, que al retomar las riendas de los negocios Eugenio y Roser, bastante desalentados, decidieron quemar todas sus naves y volver a España.

Concretamente, a Barcelona.

En la tierra de origen de Roser se instalaron, montando una humilde tienda de “queviures” de la que vivieron hasta su jubilación.

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Las cosas en Barcelona no les fueron mal. Como buen gallego y buena catalana, vivieron de forma austera.

Sobre todo por necesidad, pues al poco tiempo de instalarse en la ciudad condal las grandes superficies acabaron con el familiar y pequeño comercio de barrio de toda la vida.

 Invirtieron en un par de pisos y hoy en día, con el alquiler de los mismos y sus pensiones, se pueden permitir disfrutar de una vida digna. Me alegro mucho por ellos.

 Volvamos a tu historia, Ricardo…

 Después de todo ésto ¿cómo te fue a ti por Montevideo?

Verás,  Joan Manel, aunque te parezca mentira, opté por continuar solo en un país donde ya no me quedaba ningún familiar y ningún afecto.

Es como si, desde el más allá, el Padre Ricardo, que todavía existía en mí, hubiera castigado al otro Ricardo, al que no llevaba sotana, el atractivo, el persuasivo, el seductor Ricardo.

¿Pero no había  ya cumplido sobradamente mi cruel penitencia?

Conocí el amor a través de mi querida Maruxa. Me amó y la amé como jamás amé a nadie. Nuestro amor fue tan fugaz como esa estrella que se pierde en el firmamento. Cuando la quieres ver, ya pasó.

Tampoco pude conocer al fruto que Maruxa llevaba en sus entrañas. A mi hijo.

¡Cuán injusta es la vida!

 Me sentí arrastrado a cumplir con una penitencia. La que me impuso el Padre Ricardo. Una penitencia seguramente injusta, que en un principio rechacé, pero que, sin embargo, fui aceptando de forma voluntaria.

¡Vivir solo y en un país donde lo único en común que compartes es el idioma!

 Bueno, pensé, y después de todo  ¿qué más da?

Sin mis padres, fallecidos, y sin mi hermano y cuñada regresados a Barcelona  me refugié en un Centro de Ayuda a la Gente Mayor.

Se trata de un centro donde acuden, o se hallan acogidas, gentes con problemas de todo tipo.

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Personas en su mayoría, con problemas sociales, familiares, de afectividad, comportamiento, etc.

 Esas pobres gentes comparten a diario sus vivencias conmigo.

 Por mi parte, con mis humildes  conocimientos, experiencia y consejos,  trato de contribuir a hacerles más llevadera su vida cotidiana.

¡Ay, Joan Manel!  Ahora, después de muchísimos años me he permitido hacer algo que me prometí no hacer jamás.

¿Y qué es ello, Ricardo?

Pues visitar aquí en Barcelona a mi hermano Eugenio y a mi cuñada Roser.

Durante mucho tiempo, estuve convencido que esta prohibición formaba parte de la penitencia que me impuso mi otro yo, el Padre Ricardo.

Pero más tarde me fui convenciendo a mí mismo que al Padre Ricardo también le hubiera gustado viajar a esta noble tierra para abrazar a sus hermanos, y quién sabe si a lo mejor por última vez en su vida.

En pocos días, tengo previsto regresar de nuevo a Montevideo.

Por eso, ahora me dedico a recorrer esta bella ciudad que tan bien me ha acogido.

Quiero gozar, como hoy, de una primaveral mañana de otoño, beber de sus fuentes, hablar con sus gentes y escuchar el cántico de sus pájaros.

Quiero llenarme del aroma Barcelona antes de cruzar el Atlántico y regresar al retiro que el Padre Ricardo y yo hemos elegido, antes de que nos llame Él.

Con Él, si no se opone, El Padre Ricardo y yo tenemos que hablar largo y tendido de muchas cosas.

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Ricardo, le interrumpo, estoy seguro que Él, como tú le llamas, os recibirá gustosamente.

En eso confiamos el Padre Ricardo y yo.

¿Qué te parece, Joan Manel?

Has aguantado estoicamente la aburrida historia de mi vida. Otro, en tu lugar, ya se habría dormido hace rato.

De pronto, el infernal ruido de una sirena de ambulancia alarma a Joan Manel.

¿Qué ha sucedido, Pepe? inquiero al jardinero que se encuentra frente a mí.

Nada importante, señor Joan Manel. Una señora se ha sentido indispuesta y el empleado del bar de enfrente ha llamado a la ambulancia. Por fortuna, ya se ha repuesto.

Pues, vaya alboroto que ha armado la ambulancia con su sirena ¿no es cierto, Ricardo?

¡Qué raro, Ricardo no está a mi lado!

 ¿Se habrá marchado sin despedirse de mí?

Pepe, le pregunto nuevamente al jardinero ¿ha visto usted marchar a un señor mayor con gafas y chaquetón azul marino que estaba sentado aquí a mi lado?

Pues no. En toda la mañana no he visto a nadie sentado junto a usted.

Por cierto, mientras recortaba los setos, le he estado observando a usted durmiendo como un angelito, recostado junto a la barandilla del banco.

Menuda siestecita se ha regalado usted en esta primaveral mañana de otoño. Por lo menos tres horas, que es el tiempo que llevo en el jardín.

Pepe ¿está usted seguro?

Completamente, señor Joan Manel ¿por qué no habría de estarlo?

No, no, por nada, era simplemente un comentario, Pepe.

Bueno, va siendo hora de retirarse para casita.

Es una pena tener que despedirse de esta primaveral mañana de otoño.

Me apoyo en la barandilla del banco y ¡arriba!

Ya en pie, se me acerca una niña de tez morena y largos cabellos, que me hace recordar a una camboyanita.

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Con su voz melódica me dice, señor, cuando se ha levantado usted del banco se le ha caído este pañuelo.

Muchas gracias, preciosa, le digo a la camboyanita.

¡Pero qué ven mis ojos!

¡El pañuelo lleva bordadas las iniciales R de Ricardo y M de Maruxa!  

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Es el pañuelo que me mostró mi amigo Ricardo.

Mis ojos buscan, con insistencia, a Pepe.

Lo encuentro recogiendo la manguera.

 Pepe, perdone mi insistencia ¿está usted seguro que esta mañana no se ha  sentado a mi lado un señor mayor con gafas y chaquetón azul marino?

Completamente seguro, señor Joan Manel  ¿Por qué, sucede algo?  ¿Se encuentra usted bien?

Sí, sí Pepe, me encuentro perfectamente. Son cosas mías. Muchas gracias.

En aquel momento una señora, de aspecto ecuatoriano, se me acerca con un niño en los brazos.

Usted perdone, señor, el pañuelo que le ha entregado aquella niña morenita se le cayó a mi hijo, correteando por la plazoleta. Lo podrá comprobar usted porque lleva bordadas las iniciales R de Ramón y M de Marisa.

Efectivamente, le digo a la señora, mientras le entrego el pañuelo.

Hubiera tenido un gran disgusto, pues este pañuelo tiene para mí un gran recuerdo sentimental. Lo bordó la mamá de mi esposo, poco antes de quedarme yo viuda.

Muchísimas gracias y perdone señor. Por un momento creí que lo había perdido.

Mi cabeza no termina de asimilar todo lo acontecido.

 ¡Cuántas casualidades! ¡Cuántas confusiones!…

Y todo esto me ha sucedido en unas pocas horas de una primaveral mañana de otoño.

De forma instintiva levanto el puño de la camisa de mi mano izquierda. Las saetas de mi reloj de pulsera marcan las 13,45 horas.

¡Uf ¡ Hoy me he entretenido más de la cuenta.

Normalmente suelo llegar a casa sobre las 13,30 horas. Casi nunca más tarde.

Seguro que Carolina, mi esposa, me va a regañar.

Carolina, como yo, se está convirtiendo en una cascarrabias que protesta por todo.

Pero sería injusto omitir, en honor a la verdad, que Carolina aporta a mi vida todo aquello que necesito: compañía, amor, comprensión y paz espiritual.

No en vano llevamos soportándonos, el uno al otro, cuarenta y tantos años.

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Como diría la canción: “la quiero a morir”.

Bueno, pues me dispongo a deshacer el recorrido que me trajo hasta aquí, esta primaveral mañana de otoño.

Una primaveral mañana de otoño que me permitió conocer a Ricardo ¿o debo recordarlo como el Padre Ricardo?  ¡Qué más da!

En todo caso, un hombre íntegro que renunció a sus hábitos eclesiásticos por amor.

Cuando mi querida Carolina, como de costumbre, me pregunte a mi regreso ¿con quién has estado? ¿a quién has visto? ¿con quién has hablado? no podré decirle que he conocido a Ricardo, porque con toda seguridad no se lo va a creer .

¿Cómo le voy a decir que he estado conversando con un simpático sacerdote, gallego de la provincia de Lugo, que por amor colgó los hábitos y que viajó hasta las Américas, donde actualmente reside?

Un hombre que, desde Montevideo, se ha desplazado hasta Barcelona para  abrazar a su hermano Eugenio y a su cuñada Roser, que no veía desde hacía muchos años.

¡Un hombre que apareció y desapareció de mi lado como por arte de magia!

No, definitivamente, no le voy a contar nada a Carolina de mi encuentro con Ricardo.

Le diré que estuve tratando de poner paz entre Iván y Lucas, dos tremendos aficionados al fútbol, a los que posteriormente se les unió Julián.

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Para Carolina será mucho más creíble que lo de mi encuentro con Ricardo.

Volviendo a Ricardo, debo admitir que hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Aunque me invade una duda ¿existe realmente Ricardo ó ha sido todo obra de la imaginación de una persona de mi edad que ya empieza a ver fantasmas, gatos o enanitos donde no existen?

¿Acaso, será todo fruto de un agradable sueño bajo la sombra de los árboles de una plazoleta de mi barrio, en una primaveral mañana de otoño?

Por las dudas, mañana volveré a repetir el mismo recorrido.

Procuraré acomodarme en el mismo banco, frente al sensacional ciprés que me recuerda a la Toscana, mientras me dejo acariciar por los tenues rayos de sol que se filtran a través del frondoso castaño.

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Si la climatología nos sorprende como hoy, con una primaveral mañana de otoño, estoy seguro que Ricardo volverá a sentarse a mi lado …

EL TIMBALER DEL BRUC (EL TAMBORILERO DEL BRUC)

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Viajero, para aquí, que el francés también paró…

La historia de El Timbaler del Bruc se remonta a 1808.

El día 9 de febrero Philippe Guillaume Duhesme,  general de las tropas napoleónicas,  se dirigió a Catalunya entrando por La Jonquera y a mediados del mismo mes ya había tomado la ciudad de Barcelona.

Al ser gobernada una buena parte por los franceses, Catalunya vio interrumpido su comercio con los países de América por lo que entró en una importante crisis  económica.

El afán de dominio y conquistas por parte de Napoleón no conocía límites.

Así, el 4 de junio de 1808, una columna francesa comandada por el general Schwartz salió de Barcelona con la consigna de tomar Igualada y Manresa. Entre otros motivos, por la  situación estratégica de ambas poblaciones.

El ejército francés lo constituían 3800 hombres, siendo la mayoría de ellos de origen suizo e italiano.


El 6 de junio se libró la Batalla del Bruc.

Las huestes españolas estaban compuestas por unos 2000 efectivos,  pocos de ellos profesionales, entre los que se encontraban combatientes suizos y soldados desertores valones huidos de la guarnición de Barcelona. 

Al mando del teniente suizo  Franz Krutter Grotz tendieron una emboscada al ejército francés, al que vencieron causándole unas 300 bajas y apoderándose de uno de sus cañones.







El 14 de junio tuvo lugar el segundo enfrentamiento entre españoles y franceses.

Superado el factor sorpresa y con un ejército más importante, las fuerzas napoleónicas, esta vez a las órdenes del experimentado general Joseph Chabran, llegaron nuevamente al Bruc por dos columnas.










La artillería española estaba formada por unos 1500 soldados,  entre fuerzas regulares, regimientos suizos y somatenes al mando de Joan Baget, de los tercios de Lleida y Tárrega.

El ejército español venció de nuevo al francés, desmontando para siempre la aureola de imbatibilidad y supremacía  del  general Napoleón.












Fue precisamente en ambos enfrentamientos del Bruc, durante la Guerra de la Independencia Española,  donde la historia, la leyenda o la  sensibilidad del pueblo catalán elevó  al rango de héroe a un joven llamado Isidre Lluçà i Casanoves,  el niño del tambor, más conocido como El Timbaler del Bruc.











Isidre nació, en el seno de una familia muy humilde, el día 14 de marzo de 1791 en el pueblecito de Santpedor, perteneciente a la comarca del Bages (Barcelona).

Hijo de Joan Lluçà i Feixas y Paula Casanovas i Vallcendrera , fue al parecer l’hereu (el mayor) de doce hermanos.

Unos cuentan y otros aseguran que Isidre el bufó (el guapo), como le llamaban, era un pastorcillo que se dedicaba a tocar un viejo tambor en la cofradía y en las fiestas del pueblo.












Cuando se originó el conflicto del Bruc, Isidre no podía combatir debido  a su corta edad, pero ello no fue óbice para que el joven patriota de diecisiete años, ataviado con sus características espardenyes, faixa i barretina (alpargatas, faja y barretina),  ayudara a su pueblo a luchar contra los franceses.








Como un soldado más, Isidre “armado” con su tambor no cesó de tocar.

El eco de la montaña de Montserrat ( la Santa Montaña donde se rinde culto  a la Mare de Déu de Montserrat, La Moreneta,  declarada patrona del pueblo catalán por el Papa León XIII), multiplicó por mil el sonido del tambor. 

Las huestes francesas creyeron hallarse ante un ejército muy superior al suyo y se batió en retirada.






Reza la leyenda que en el año 880 unos pastorcillos encontraron la imagen de La Moreneta  en el interior de una cueva. Era tal su peso que no fue posible trasladarla de sitio. 


El obispo de Manresa interpretó que la Virgen no quería cambiar su ubicación por lo que hizo construir la ermita de Santa María en aquel  lugar que más tarde se convertiría en el actual monasterio donde hoy se venera a La Moreneta.



La imagen, de 95 centímetros de altura, está realizada en madera de álamo y data del siglo XII. Representa  a la Virgen con el niño Jesús sentado en su regazo.

Sobre su mano derecha sostiene una esfera que representa el universo. El Niño tiene una piña en su mano izquierda y la mano derecha la mantiene erguida como impartiendo su bendición.

El color negro de las caras y manos de ambos, se atribuyen a la transformación del barniz por el paso del tiempo y a las miles de velas y lámparas que durante siglos se han encendido día y noche ante la imagen.


Posteriormente las cabezas y los rostros fueron retocados, mostrando hoy día un estilo diferente a las imágenes románicas de su origen.


Volviendo a Isidre, nuestro héroe, poco más se conoce de su vida. Comentan que a su regreso del Bruc  se mostró triste, ausente y muy turbado. Enfermó contrayendo el tifus, epidemia que por aquel tiempo afectaba al pueblo de Santpedor.

Como consecuencia de la enfermedad  falleció el 6 de abril de 1809 a la temprana edad de 18 años, diez meses  después de haber finalizado los conflictos del Bruc.

 






Hoy en día,El Timbaler del Bruc tiene monumentos en Barcelona, Santpedor y Bruc.

En este último lugar su estatua está declarada como Bien Cultural de Interés Nacional. Además de  memorar las batallas ganadas a los franceses  los días 6 y 14 de junio de 1808 existe una inscripción que reza así:

Viajero, para aquí, que el francés también paró, el que por todo pasó no pudo pasar de aquí”.
  


Isidre Lluçà y Casanoves, leyenda, mito o realidad, es una personalidad histórica que realza los valores patrios del pueblo catalán. Su viejo tambor, sus agallas, y el eco de la Santa Montaña de Montserrat hicieron huir despavorido al todopoderoso ejército de Napoleón.


Gràcies, moltes gràcies Isidre. Abans ara i per sempre serás recordat per el poble català  com

                                                              ¡El Timbaler del Bruc!


(Gracias, muchas gracias Isidre. Antes ahora y por siempre serás recordado por el pueblo catalán como ¡El tamborilero del Bruc!).

” Y JAIMITO MUY UFANO”…

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                                                        ¿Os acordáis?…

 

A los que peinan canas (o a los que, como yo, conservan pocos pelos de aquella hermosa cabellera que con tanto orgullo lucíamos en nuestra juventud) seguramente no les extrañará el nombre de Larry Semon.
 
No obstante, a los más jóvenes sí debo aclarar que a ese divertido personaje del cine mudo de los años mil novecientos y muy pocos se le bautizó primero en nuestro país con el nombre de “Tomasín”, para popularizarse  y triunfar algún tiempo más tarde  de forma definitiva como “Jaimito”.

Seguramente, ahora sí, nuestros rostros habrán experimentado un rictus de alegría, admiración y nostalgia hacia el legendario y gran actor del cine mudo que tantas risas y buenos momentos nos proporcionó.
 
Larry Semon, o “Jaimito” para los que nacimos en nuestra denominada “piel de toro”, vino al mundo el 8 de febrero de 1889 en West Point (Misissippi).
 
Fue hijo de un prestidigitador apodado “Zera el Grande” y de la ayudante y partenaire de éste.


Su infancia se desarrolló pues en el mundo del vodevil y las bambalinas donde fue aprendiendo los trucos y secretos del humor sorpresivo.
 
A la muerte de su padre, Larry se trasladó a New York donde ejerció como dibujante de  humor en algunos rotativos, trabajo que combinó con actuaciones  cómicas en varios teatros.
 
Fue en una de esas salas cuando, en 1915, un cazatalentos de la productora Vitagraph le ofreció un contrato como guionista.
 
En su nuevo trabajo, Larry escribió para cómicos de la compañía y tal fue su éxito que empezó a dirigirles.
 
Tiempo más tarde se inició como actor secundario en algunos de los cortos dirigidos por él y con sus propios guiones.
 
El trabajo de Larry fue ganando enteros y en 1917 la compañía Vitagraph le dio la oportunidad de crear su propio personaje de actor cómico en la pantalla.
 
Su personalidad y simpatía pronto se granjeó la aceptación de los espectadores.
 
Se trataba de un personaje con la cara enharinada, camisa blanca, pantalón ancho con peto y tirantes y un sombrero hongo.
 
Era el clásico héroe  que, con su increíble ingenio, rescataba a su dama después de burlar mil obstáculos.
 
Posteriormente fue cambiando sus argumentos, mucho más estudiados, con arreglo a la época.
 
Las primeras películas estrenadas por Larry Semon en España fueron cortometrajes distribuidos por Procine.



A Larry se le bautizó, en nuestro país como “Tomasín” en los años 1940 y con ese nombre se hizo tremendamente popular. En Italia triunfó con el nombre de “Ridolini”
 
Pero su máximo esplendor lo alcanzó poco más tarde cuando las distribuidoras catalanas Balet y Blay y Exclusivas Arajol reestrenaron películas mudas a las que añadieron efectos, música y comentarios con las voces “en off” de los populares Francisco Ramos y/o Pedro Llabrés.



 
Larry Semon ” Jaimito” fue un pionero y simpático actor del cine mudo y    rivalizó con monstruos de la época como        Charles Chaplin, Ben Turpin, Buster            Keaton, Harold Lloyd, etc.
 


Larry fue muy exigente y caprichoso con sus rodajes y en Hollywood era muy conocido y temido por sus excentricidades, hasta el punto que las productoras tuvieron que hacerle participar en los costes.
 
Construía y derrumbaba decorados de casas, destruía coches, etc. Esa inexplicable conducta le llevó arruinarse varias veces.


 

Ello no fue óbice para que en 1925 realizara su proyecto más ambicioso, la primera versión cinematográfica de “El mago de Oz”.





La película constituyó un gran fracaso. Larry daba vida al personaje de ” El espantapájaros” y su gran amigo Oliver Hardy a  “El hombre de hojalata”.

 

 


Éste último, tiempo más tarde, junto a Stan Laurel formó en la pantalla el famosísimo dúo de  “El gordo y el flaco”.

 
Con la llegada del cine sonoro Larry se quedó desubicado de la industria cinematográfica. Su tartamudez tampoco le ayudó en esa nueva etapa.
 


Pasó sin pena ni gloria actuando en películas de largo metraje. La más significativa fue en 1927, a las órdenes de Josef von Sternberg, “La ley del hampa”.
 





La temprana y polémica muerte de este gran cómico, de exquisito humor donde lo ilógico siempre era posible, se produjo el 8 de octubre de 1928 a los 39 años de edad.

Curiosamente los certificados de defunción se contradicen, pues mientras unos atribuyen su muerte a un ataque cardíaco, otros aseguran que fue fruto de la tuberculosis.




El cuerpo de Larry “Jaimito” fue incinerado, pero a su viuda Dorothy Dwan (la que fuera su partenaire de trabajo y compañera en  “El mago de Oz”) le impidieron verificarlo. Al funeral tampoco asistió casi nadie.
 
 



Incluso cuando en una ocasión le permitieron a Dorothy visitar a Larry en el sanatorio, ya que el Centro tenía ‘prohibidas las visitas familiares’, la habitación se encontraba prácticamente a oscuras y la supuesta silueta de Larry le comentó a Dorothy que estaba mejorando.
 
Todo ello alimenta la hipótesis de que la muerte de Larry podría haber sido perfectamente un montaje para eludir sus numerosas deudas.
 
Al parecer existe una leyenda en la que algunos testigos aseguran haber visto en 1931 a Larry Semon pasear por México.
 
Puestos a creer lo increíble ¿quién en alguna ocasión no asegura haberse cruzado por la calle con Elvis Presley, John Lennon, James Dean, Michael Jackson y otros?
 
Aunque singularizar siempre genera injusticias me gustaría personificar esta vez en Larry  Semon “Jaimito” a todos aquellos magistrales cómicos del cine mudo que tanto hicieron reír, disfrutar y soñar a la gente  de nuestra generación.
 
A los que hace más de 70 años vestíamos con pantalón corto y a los que los curas de la época nos amenazaban con perder la vista si nos masturbábamos pensando en la vecinita de enfrente.
 
¿Os acordáis de aquella entrañable frase? : ” Y Jaimito muy ufano…..  a su novia mete mano “.

 




Cuán cruel e injusto es el olvido de aquellos personajes  que nos proporcionaron alegrías, risas y buenos ratos en nuestras reuniones de niñez.
 



¡Mi entrañable recuerdo, mi sincera gratitud, mi mayor sonrisa y mi fuerte aplauso para todos ellos! ………

“ETS MÉS POPULAR QUE LA MONYOS!” (“ERES MÁS POPULAR QUE LA MOÑOS!”)….

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Si digo que se trata de Dolors Bonella i Alcanzar a muy poca gente les dirá nada su nombre, pero si añado su alias “La Moños”,  entenderán que me estoy refiriendo a una figura irrepetible.
 
Un icono de las Ramblas, cuyo mote resultará muy familiar para muchos barceloneses.
 
Bastantes de los que hoy peinan canas o ya no utilizan el peine se acordarán de esta  entrañable mujer. Sin duda, uno de los  personajes bohemios más populares de su época.
 
Fue una de esas personas de las que todos se ríen pero todos respetan y que dejó un recuerdo imborrable en cuantos la conocieron.
 
Llamaban la atención sus mofletes repintados, la forma de vestir y sus peinados con moños donde colocaba las flores que le regalaban las floristas de las Ramblas.

Para justificar su desequilibrio mental, en torno a esta mujer se han contado muchas historias, algunas seguramente inventadas.
 
Hay quienes  aseguran que fue profesora. Otros, que un coche de caballos había atropellado mortalmente a su hija y una versión muy creíble es la de que había entrado a trabajar como sirvienta de una familia aristocrática en un palacete del Paseo de Gracia/Gran Vía y que  había tenido una niña con el hijo de éstos.
 
Al parecer el padre del bebé se fue a París donde falleció allí, víctima de un accidente. Los abuelos paternos le quitaron la niña a su madre para perpetuar la descendencia.
 
Agarrándose a la verja de la mansión, la madre iba cada día a casa de ellos y les gritaba suplicante: “¡Devolvedme a mi hija!”



Dolors Bonella (Lola como le llamaban algunos) nació en el año 1851. De familia adinerada, vivió en el barrio de La Bordeta (Sants).
 
Al parecer sus padres quisieron casarla con un hombre mucho mayor que ella, poseedor de una gran fortuna, a lo que ella se negó rotundamente porque el candidato no le gustaba. Fue entonces desheredada y expulsada de la familia.
 
Luego Lola se fue a vivir a la desaparecida calle de La Cadena del antiguo barrio chino de Barcelona, hoy Rambla del Raval.
 
Dicen que se puso a servir y a trabajar de modista.
 
Solía vestir de una forma un tanto extravagante y  estrafalaria. Falda cruzada y larga, adornada con cintas coloreadas y chaqueta con bordados.
 
Las floristas de las Ramblas le regalaban flores y, con ellas, se hacía un ramo y un extravagante moño en el cabello con peinetas, recogido con lazos, coronado por una flor.
 
Todo eso hizo que la gente bautizara a la señora Lola Bonella como “La Moños”.
 
Como si se tratara de un ritual, diariamente recorría la Rambla de las Flores, la calle del Hospital y la plaza del Padró cantando y bailando. Su paso despertaba siempre una gran curiosidad.
 
Llevaba siempre un abanico medio roto con el que se daba nerviosamente aire al rostro. Repartía caramelos entre los niños que la seguían y cuando alguien la importunaba aceleraba el paso diciendo  “Tinc pressa” (tengo prisa).
 
A menudo la piropeaban y ella lo agradecía con una sonrisa.


Más tarde tomaba el autobús de la línea 52 (al fallecer Lola, se le conoció como “el bus de la Moños”), hoy en día es el 91. Bajaba en la parada de La Bordeta y paseaba desde allí hasta la calle dels Jocs Florals (Sants).
 
Vivió de forma muy humilde . Se alimentaba de lo que le daba la gente o se encontraba por la calle. Pedía limosna con gran delicadeza “Senyoret, vol que li canti una cançó o li reciti un verset?” (Señorito ¿quiere que le cante una canción o le recite un verso?).
 
Después de pasar algún tiempo internada, la señora Dolors Bonella falleció en el Hospital Marítimo de Barcelona (hoy Hospital de Nuestra Señora del Mar) el día 15 de septiembre de 1940 a los 89 años de edad.
 



Se celebró un suntuoso entierro, que fue pagado por alguien que se mantuvo en el anonimato. ¿Quizás por la familia que la llevó a la locura?
 
Todavía en la actualidad se utiliza la frase “eres más popular que La Moños”, para definir a una persona muy conocida.
 

Su nombre ha sido utilizado en establecimientos, cine, comedias, canciones, etc.
 







Una película  dirigida por Mireia Ros evocando la vida de esta mujer, fue interpretada por la actriz Julieta Serrano en el año 1996. La película, titulada “La Moños” pasó por las pantallas con más pena que gloria.
 



Vicenç Sabater compuso, en el año 1960, la canción “ Recordant La Moños” que, interpretada en catalán por el músico y cantante Rudy Ventura, tuvo gran difusión, convirtiéndose en la más popular y conocida de cuantas le dedicaron.





Su figura está reproducida en el Museo de Cera de Barcelona . En ocasiones la sacan sentada en una silla en las Ramblas. Algunos transeúntes entonces preguntan ¿quién es esa señora vestida de esa forma tan extravagante?











Desde hace muchos años un restaurante ubicado en las calles Muntaner/Gran Vía de Barcelona lleva su nombre escrito en catalán: “ Ca La Monyos”.









En el Museo de autómatas del Parque de Atracciones del  Tibidabo en Barcelona existe una reproducción de  “La Monyos”.  



                                                                                                                                                  

                                            . . . . . . . . . . . . . . .

¿Qué había detrás de esa persona tan alegre y triste a la vez?
 
¿Quién era aquella mujer que se ganó la admiración de la gente y se convirtió en el personaje catalán más popular, carismático y estrafalario de la época?
 



¿Fue el drama de una hija fallecida, o el encuentro amoroso de una sirvienta con su señorito, o quizás las románticas Ramblas de Barcelona?
 
Todo lo que se sabe de ella aparece indisolublemente unido a la leyenda.
 
La verdadera historia reposa en paz junto a Dolors.
 
Mi humilde opinión es que Dolors Bonella i Alcanzar, para algunos Lola y para todos “La Moños”, fue tan solo una buena mujer que se trastocó por amor…..